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Opinión

Ciclo B

REFLEXIÓN DOMINICAL

Por Pbro. Gerardo Gómez Villegas

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Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»    Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»

Contestaron: «Lo somos.»    

Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.» Palabra del Señor.

Tras predecir de nuevo su próximo final cruento, Jesús tiene que soportar la petición de privilegios por parte de dos discípulos. Mayor incomprensión apenas puede imaginarse: mientras el Maestro piensa en dar la vida, sus seguidores siguen pensando en obtener favores. Y hasta resulta lógica la indignación de los demás discípulos, al enterarse; pero no es demasiado honrosa: se molestan no porque esos dos no entendían a su Señor, sino porque se atrevieron a pedirle honores en exclusiva.

Jesús reacciona diferenciadamente: a los que le pidieron privilegios les predice una muerte solidaria con la suya, ése será su honor; a los que se indignaron, les propone el servicio al hermano como camino mejor para el discípulo. Habría que verse retratados en esos discípulos, unos por pensar en glorias, mientras caminan con su Señor hacia la cruz, otros por sentirse traicionados ante la audacia de los primeros, sólo porque se atrevieron a esperar más de Jesús; en ambos casos, la pequeñez de miras es el elemento común. Pero no hay que culpar a los primeros discípulos: ¿acaso entendemos nosotros hoy, una vez muerto Cristo por nosotros, que no es posible el seguimiento sin aceptar la propia cruz?

Hoy el evangelio no deja muy bien parados que digamos a esos primeros discípulos, tan admirados por nosotros por acompañar en vida a Jesús; y es que nos los ha presentado a unos, demasiado preocupados por obtener los mejores puestos, y a los demás, molestos por lo que otros se habían atrevido a pedir.

Como ellos también nosotros mantenemos la secreta ilusión de que conseguiremos más fácilmente de Jesús lo que le pidamos precisamente porque somos de los pocos que le hemos seguido de cerca durante tanto tiempo: ¿cómo nos iba a negar el poder sentarnos junto a él, si junto a él hemos hecho tanto camino? Pero, por otra parte, ¡cómo no indignarse contra quien ruega que se le concedan en exclusiva favores que nosotros ambicionamos en silencio! ¿Para qué sirve ser discípulos de Jesús, si éste no premia el esfuerzo a todos por igual? Si de alguna forma nos sentimos retratados en la actitud de los primeros discípulos de Jesús, la reacción del Maestro y sus palabras pueden significar para nosotros hoy una severa llamada de atención y una ocasión de oro para preguntarnos, en la intimidad de nuestra conciencia pero en la presencia de Dios, por las razones que nos llevan a ser hoy discípulos de Jesús.

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¡A disfrutar la presencia de Dios en la Misa y en familia!

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