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Opinión

Cien rosas amarillas

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Por: Guadalupe Loaeza

Me es tan entrañable Julio Cortázar que cada vez que pronuncio su nombre tengo la impresión de que se me llena la boca de rosas amarillas. Basta con que ponga dos dedos en la boca, como una pinza abierta, y en ellos extraigo pétalos y más pétalos. Una vez que junto decenas de ellos los pongo a flotar en un plato hondo y lo coloco debajo de la fotografía del escritor. Allí está él, seguramente en su departamento de París, sentado en el suelo, con una cámara entre las manos, muy cerquita de una ventana de la cual se asoma su gato "Theodoro W. Adorno". Esta foto en blanco y negro me ha acompañado desde el día en que supe que Julio me cambiaría el rumbo de las cosas.

El martes pasado el autor de Rayuela hubiera cumplido un siglo de vida. Ese día, cada rato, pensé en él. Por la noche, Enrique, Adela Goldbard, Alex Albert y yo hablamos de Julio como si se hubiera tratado de un amigo de la infancia. "Yo filmé un corto de su cuento No se culpe a nadie. Es el del suéter cuyo protagonista nunca logra ponérselo. Fue mi primer cortometraje", dijo Alex, el joven y talentoso cineasta. "Cuando leí Rayuela, a los 21 años, me tomó completamente de sorpresa. Fue el primer libro que tenía que leer repetidamente", apuntó Enrique. "A mí me encanta Cortázar porque sigue siendo muy original", agregó Adela. Por mi parte, y con la boca llena de flores, les conté cómo me enamoré de su voz que salía de la contestadora. "Entonces Julio vivía en París y le llevaba una carta de Elena Poniatowska. Le llamé durante una semana de 3 a 4 veces por día. Jamás me contestó. El último telefonema se lo hice desde el aeropuerto a punto de tomar el avión de regreso: 'Julio, ¿por qué nunca me contestaste? ¿Por qué, como autor, quisiste que se muriera el bebé "Rocamadour"? ¿Por qué tus cuentos no tienen fin? Y, ¿por qué, a pesar de que te dejé una infinidad de recados, nunca me diste cita en el puente de los enamorados, el Pont Alexandre III", le preguntaba con un nudo en la garganta. En el avión lloré como una niña con la carta de Elena entre mis manos".

Lo que nunca imaginé es que unas horas después de la cena y de varios pétalos de rosas que me acompañaron hasta mi cama, alguien me había hecho una cita con Julio Cortázar. Eran las 5:25 de la madrugada cuando de pronto abrí los ojos. Como una autómata tomé el IPod, me coloqué los pequeños audífonos y escuché la voz de Carmen Aristegui (retransmisión CNN), quien decía: "Le agradezco a Jacinto Rodríguez Munguía autor del artículo 'Cortázar, El perseguidor', publicado en la revista emeequis, en donde nos enteramos de qué manera Cortázar era un perseguido del espionaje mexicano". Cubierta por rosas amarillas, escuché con atención la espléndida entrevista. A las 8:30 am, ya estaba leyendo el artículo de Rodríguez Munguía. Está escrito en forma de carta: "Acaso es un poco tarde para que lo sepas, pero cuando caminabas y escribías desde una playa de Zihuatanejo acompañado de Carol Dunlop, ya eras uno de los 'objetivos' del C-047, el grupo especial de la Dirección Federal de Seguridad, el aparato mexicano de espionaje en aquellos años de guerras frías y sucias". Era la época de Gutiérrez Barrios, en una de sus aéreas estaba el aparato de inteligencia llamado DFS, creado por Nazar Haro. Uno de los reportes firmado por "Don Fernando", el 11 de enero de 1967, decía: "Abogan (el Partido Comunista Mexicano) por la urgente transformación de la estructura en América Latina e instan a una lucha armada, proclaman la urgencia de la celebración de una Asamblea de Escritores Latinoamericanos de izquierda para afrontar la nueva situación y exhortan a la unidad de los intelectuales de izquierda pese a las diferencias de opiniones que pudieran haber". En su carta, Rodríguez Mungía, le dice a Julio: "Lo que no encaja es por qué tu expediente, el armado por la policía política nacional, es más abultado que el de muchos de tus amigos mexicanos. Extraño, ¿no?". Entre los muchos papeles que se encontró el autor, hay uno en papel revolución, en donde los firmantes piden la libertad de los presos políticos del 68. Los otros escritores eran Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Norman Miller, Arthur Miller, Alberto Moravia, Octavio Paz, William Styron y Mario Vargas Llosa.

Parece inconcebible que un hombre tan bueno y tan solidario como era Julio Cortázar hubiera despertado tanto "sospechosismo", cuya única culpa consistía en apoyar a los países latinoamericanos.

No me queda más que ofrecerle a Julio, de todo corazón y como regalo de cumpleaños, 100 rosas amarillas.

gloaezatovar@yahoo.com