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Cínicos

AKANTILADO

Gracias a las Vidas de los filósofos más ilustres, ese "tesoro de noticias de la antigüedad" que escribió el griego Diógenes Laercio, nos enteramos de que existió la escuela de los cínicos o de los filósofos llamados perros (Cynós: "perro" en griego). Fundada por Antístenes y cultivada también por Diógenes de Sínope, Crates e Hiparquia, la escuela de los cínicos oponía la ética radical de los gestos y los actos frente a la inutilidad del discurso y la mezquindad de la retórica tan en boga en la democracia griega. Reivindicaban la impertinencia del perro (de ahí el nombre de su escuela): sus desinhibiciones y su libertad.

Los actos que promovían y practicaban los cínicos, a la vista de todos, no eran gratuitos; menos ofensas injustificadas. Detrás de esto había una estética y una ética. Discípulos subversivos de Sócrates, creían en la virtud y en el ejemplo práctico. Protestaban con actos, casi performances, contra la hipocresía y solemnidad de la democracia griega. Ahí donde comenzaba a construirse un sistema filosófico que explicaba, con la gravedad de los silogismos, el funcionamiento del mundo, aparecía el cínico con alguna ocurrencia insolente y, en un par de minutos, dinamitaba las bases de arena de dicho sistema. Habiendo definido Platón al hombre como un animal de dos pies, sin plumas, Diógenes fue por un gallo, le quitó las plumas y lo arrojó a la escuela de Platón, burlándose: ¡este es el hombre de Platón! Obligando a que se añadiera a la definición: "con uñas anchas". En otra ocasión, mientras un filósofo intentaba demostrar con su discurso que no existía el movimiento, Diógenes comenzó a pasear y provocó la risa de los oyentes. En una cena varios comensales le arrojaban huesos como a un perro, Diógenes se bajó el zurrón y empezó a mearlos como cualquier can. Demostrando Anaxímenes sus vigorosas dotes de orador en una plaza pública, Diógenes levantó un pedazo de pescado y el auditorio se volvió a él: "un pedazo de pescado salado disolvió la demostración de Anaxímenes", se mofó.

Se cuenta también que a un joven discípulo de Aristóteles, Metrocles, se le escapó flato mientras tomaba una lección en el Liceo. Avergonzado y deprimido por esa traición del viento, no quería salir más. De esto se enteró Crates el cínico y le pareció una desmesura. Se atracó entonces un plato de habas y acudió con el joven para exponerle toda una serie de teorías e historias que justificaban la emisión de los pedos. Como no pudo convencerlo ni sacarlo de su melancolía, Crates decidió descargar allí mismo el equipaje bendito. Desde ese día Metrocles se incorporó a la secta de los cínicos. Los flatos vencieron la lógica aristotélica. Más que filósofos, los cínicos fueron artistas de su propia existencia. "Escenógrafos de un gran estilo", dice Michel Onfray. Dinamiteros hábiles. Bufones incorregibles. Perros que mordían en la médula de una filosofía palabrera, sofista y retórica.

Si hay que buscar hoy día a nuestros cínicos, hay que fijarnos en los moneros. Al igual que los antiguos, en lugar de elaborar complicadas argumentaciones y sistemas de razonamientos, los moneros, a través del humor y la ironía de su cartón, fomentan la falta de respeto a toda supuesta "revelación seria de la verdad". Un cartón logrado es la expresión gráfica de lo grotesco y ridículo. Si no exagera para llamar nuestra atención, es un bonito retrato, no un cartón. Cuando le preguntaron a Hernández, monero de La Jornada, por qué a los caricaturistas les gustaba reírse de los políticos, respondió: "no nos reímos de los políticos, nos reímos de su cerebro, de su nariz, de sus pendejadas". La caricatura es a la vez un recurso agresivo como cordial y humorístico, escribió Balzac. En medio de la perorata pomposa del payaso del poder, el monero arroja su gallo desplumado desatando las carcajadas del lector. Golpea los ojos endurecidos del gobernante soberbio y resquebraja la placidez de una mediocre "sociedad civil". Puños fuertes para golpear; manos y dedos delicados para dibujar y satirizar aquello que se mueva. La parodia, la sátira y a veces el insulto serán siempre la revancha del artista. No es un fin en sí mismo: es una metodología, una estética.

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