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Colosio: sangre productiva

DOS MÁS DOS

Neruda me dijo un día:

no tienes dinero, terminarás como

periodista o profesor

Octavio Paz

Para los aztecas, describe Octavio Paz en El laberinto de la soledad, la vida se prolongaba en la muerte y esta no era el fin de la vida, sino la fase de un ciclo infinito. Para el priismo, Colosio se prolonga en su muerte. Su asesinato no ha sido el fin de su vida, sino la fase de un ciclo eterno de discursos, conferencias y "hubieras".

Para el priismo ortodoxo ¿de siempre?, también para el idealista ¿que no alcanza a nacer?, el sacrificio de Colosio no ha sido en vano. Y cual rito azteca, su muerte es una ofrenda a los dioses por los pecados cometidos. Su crimen alimenta candorosamente a un priismo cósmico, irreal, muy alejado de el pragmático proceder de quien lo dirige.

Nuestro calendario está poblado de fechas memorables. Así, al igual que los cristianos, como cada Viernes Santo, recién amanece el 23 de marzo, los priistas, herederos del imperio azteca, acuden a su terrenal Teotihuacan (lugar de Dioses), donde celebran ritos solemnes para conmemorar la pasión, muerte y resurrección del sonorense. Como Cristo en el Jueves Santo, Colosio celebró en Culiacán su última cena. ¿Quién de sus discípulos desertó camino a Tijuana?

En la liturgia de la celebración, el priismo acallado por la institucional disciplina, descarga su alma, se revela, silba y grita. Se emborracha desenterrando el discurso del seis de marzo. Se hacen confidencias, lloran las mismas penas, se descubren hermanos y, a veces, porque así es su naturaleza, se matan entre sí.

De esa ceremonia, donde muerte, vida y júbilo se entrelazan, el priismo sale purificado, fortalecido y bañado en sangre productiva. Después de veinte años, el tiempo deja de ser sucesión infinita y vuelve a ser lo que fue: un presente donde pasado y futuro se reconcilian con un PRI imaginario y soñador.

El sufrimiento de Colosio y su muerte, representan uno de los elementos centrales de la "teología" del nuevo PRI. La inmolación política está en proceso. Con toda fe, cantan: "la vida que se riega, da más vida". La muerte de Luis Donaldo y su conmemoración, salva al priista que lo invoca y venera. Nada mejor que teñirse en la sangre del candidato asesinado.

La ceremonia del 23 de marzo, simboliza para el priismo algo más que la evocación del asesinato de Colosio. Es un rito destinado a revigorizarse. Es una pausa a su inagotable pragmatismo. Es el día para absorber vigor y salud, y merecer perdón. Para ello, hay que ofrendar, una vez más, a los dioses, la sangre productiva de Colosio.

A veinte años del asesinato de su candidato presidencial, el priismo adopta dos actitudes demagógicas: una, hacia adelante, que lo concibe como refundación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia de lo que pudo haber sido.

Aceptan que México no es el país que alguna vez soñara el sonorense. Pero la culpa no es del tricolor: es de doce años de panismo. Por fortuna, el PRI está de regreso. ¡Aleluya!

[email protected] Twitter: @E_Aviles_8a