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Colosio: veinte años no es nada

Este domingo se cumplen veinte años del asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Desde que en 1928 mataron a otro sonorense, Álvaro Obregón, el magnicidio había dejado de ser en México un instrumento para hacer política, y el 23 de marzo del annus horribilis de 1994 volvió a serlo. Peor aún, con este crimen se inició un derramamiento de sangre que poco a poco ha ido aumentando hasta convertirse en un río de barbarie en el que los mexicanos nos estamos ahogando. Se me dirá que el fenómeno de violencia que padecemos nada tiene que ver con la tragedia de Lomas Taurinas, pero yo estoy convencido de que el homicidio impune del entonces candidato del partido hegemónico y casi seguro Presidente de la República abrió la puerta a la degradación y al salvajismo. El mensaje al establishment corrupto de ayer —el mismo que hoy protege a la delincuencia organizada— fue inequívoco: ya no hay límites, todo se vale. Entre aquella atrocidad y las que ahora proliferan en México sólo media una acumulación de perversiones y miopías.

Con la muerte de Donaldo Colosio, México perdió al menos dos cosas: la oportunidad de realizar tersa y cabalmente su transición democrática y la posibilidad de sortear una coyuntura crítica de su economía sin caer en el despeñadero. Entro al terreno de la especulación, pero lo hago con conocimiento de causa. Si él hubiera sido presidente habría impulsado una verdadera democratización del PRI y, aunque de todos modos se habrían dado las alternancias, el partido que está de regreso en Los Pinos no sería el de antes. Y con él en la Presidencia la crisis de 94/95 no habría sido tan devastadora —habría mantenido al mismo equipo en Hacienda por el tiempo necesario— ni estaríamos sufriendo el nefasto endeudamiento de esa obscenidad que se llamó Fobaproa. ¿Que el "hubiera" no existe? Así es para efectos prácticos, desgraciadamente. No fue él sino Ernesto Zedillo quien llegó a gobernarnos, y en vez de la conciencia social, la seguridad en sí mismo y el "no me envenenen el alma" de Colosio —la frase que nos repetía a sus colaboradores cuando insistíamos en advertirle sobre las maniobras de sus adversarios— nos rigieron el laissez faire, los complejos y los rencores de Zedillo.

Una sociedad de memoria corta es una sociedad de transiciones largas. No en balde muchos mexicanos han olvidado o ignoran cómo se aplastó el proyecto colosista de transformación del país, y soslayan el hecho de que la corrupción y la desigualdad son los dos tumores cancerosos que México ha padecido a lo largo de su historia, ambos en plena metástasis. Por lo demás, mientras persista la desmemoria será imposible combatir exitosamente la exclusión social de la mitad de la población y la exclusión política de la izquierda. Se nos han ido dos siglos en corruptelas e injusticias, se nos acaban de ir dos décadas en resentimiento, inercia y mezquindad y ya no tenemos tiempo que perder. Hay momentos en el devenir de los pueblos en que la cordura ha de ser sinónimo de audacia, y éste es uno de ellos: o lanzamos una cruzada por el filoneísmo e intentamos hacer de la nuestra una nación social y políticamente incluyente, o nos hundimos en el fango de la ignominia. No nos engañemos: veinte años no es nada.

Donaldo fue un hombre de buenas entrañas. Ingresó al servicio público movido por sus ganas de cambiar al país, un cliché que muchos repiten mentirosamente y que él hizo realidad. Es decir, no fue un político natural de esos que encarnan la tenebra perpetua, de los que se grillan a sus amigos, a su familia y hasta a sí mismos cuando se ven en el espejo. Rechazó el juego sucio y sufrió las consecuencias; fue, para decirlo en sus propias palabras, "víctima de las perversidades del sistema". Tengo grabado en mi mente el momento en que me avisaron, durante una sesión de la Cámara de Diputados, de lo ocurrido en Tijuana, y la llamada de mi hijo mayor que me pedía llorando que nunca más fuera yo candidato a nada, porque a sus diez años descubría que los buenos no sólo no ganaban sino que eran asesinados. Yo traté de aferrarme a una inasible y agónica esperanza: le habían dado un balazo en la cabeza pero, aunque lo intentaron, no habían podido darle en el corazón. Allí, me repetí una y otra vez para creérmelo, se había guarecido un germen de redención.

Como he escrito en otra parte, el mejor homenaje que se le puede hacer a un gran hombre es demostrar que fue grande sin dejar de ser hombre. Colosio no fue un santo ni un funcionario perfecto; fue una persona que no concibió el poder como botín ni como intriga, lo cual lo hizo una rara avis en nuestra politiquería. Con su muerte los mexicanos desperdiciamos una gran oportunidad de corroborar que la honradez y la eficacia son compatibles y que la política, antes que el arte de lo posible, es la magia de hacer posible lo imposible. Con su muerte nos invadió el cinismo. Con su muerte, en fin, todos morimos un poco.

PD: Hoy a las 7 pm se presenta en Casa Lamm el libro "Colosio: el futuro que no fue", estampas de su vida y obra que sus dos hijos y varios de sus amigos reunimos para recordarlo.

Twitter: @abasave