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Cómo hubiera deseado saber si él era el único que quería morir

Después de escuchar a la familia, a la abogada, a grupos sociales en México y Estados Unidos, al gobierno mexicano y al de Morelos, tengo la impresión de que el único que está anhelando la muerte es el condenado, el hombre de 40 años que hace 20 mató a un policía en Texas y a quien, de no ocurrir algo realmente extraordinario, la justicia de Texas castigará esta tarde con una inyección letal: Édgar Tamayo.

Releo la carta que Édgar escribió hace unos días, pienso en esa versión de que le habría dicho a su hermana que lo dejen descansar. Y recuerdo cómo en referencia a la agonía, Mario Bellatin escribió en su relato Salón de belleza, que no sabía de dónde nos habían enseñado que socorrer al desvalido equivalía a apartarlo de las garras de la muerte a cualquier precio.

Algo así parece estar ocurriendo en esta historia. Es comprensible, desde luego, la firmeza de la abogada Sandra Babcock y los esfuerzos de los gobernantes mexicanos, por no hablar del cariño ejemplar de la familia. Siempre serán defendibles los argumentos contra la pena de muerte. Pero también las torrenciales palabras de Bellatin. El caso Tamayo podría servir para reflexionar con una visión más realista, y más humana, sobre el destino y el deseo de un condenado a la ejecución.

¿Será un estímulo para un hombre diezmado por 20 años de prisión pasar el resto de sus días en la cárcel? ¿Apreciará Edgar el indulto parcial? ¿La conmiseración, los consuelos piadosos?

Una pena que hayamos hablado con tantos, pero no con él. Que no le pudiéramos preguntar, sencillamente: Édgar, ¿te quieres ir ya?

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