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¿Como siempre?

Al igual que millones y millones de mexicanos, hace unos meses no le daba yo mayor crédito al equipo mexicano, tras el sufrido, ignominioso camino para calificar al Mundial, en que se pasó no gracias a una victoria de último segundo de nuestro archirrival, EU, y de ganarle a un equipo que ni liga profesional tiene, como Nueva Zelanda.

Imaginaba yo lo peor durante el Mundial. Un grupo complicado, con el anfitrión, con un equipo europeo y otro africano de los que se le suelen atragantar, veía yo un panorama desolador para los nuestros. Mi pronóstico, mitad humor negro y mitad fatalismo, era que México terminaría en tercer o cuarto lugar, de su grupo...

Me senté a ver el primer partido de México, contra Camerún, deseando lo mejor pero temiendo lo peor. La velocidad legendaria de los africanos, el genio de Eto'o, su delantero estrella, la nefasta fama de la defensiva mexicana, alimentaban mis temores. Como buen masoquista que soy, elegí ver ese juego rodeado de amigos y colegas, y no en el reconfortante anonimato de mi casa.

Al igual que muchos que probablemente sentían la misma mezcla de esperanza y temor, me encontré disfrutando el estilo de juego de los mexicanos, su voluntad en cada balón disputado, su alegría, su desparpajo. Me indigné cuando le anularon dos goles a Gio, me angustié cuando al final presionaron a los nuestros, respiré cuando terminó el partido. Por lo menos, pensé, lograron tres puntos, jugaron bien, se entregaron: esta selección sí me gusta.

Contra Brasil la esperanza era un poquito mayor, pero se imponía el realismo: el favorito a ganar la Copa, el local, el equipo de los genios, hasta una derrota apretada hubiera sido aceptable, aplaudible. Y entonces, como millones y millones de mexicanos (y una querida amiga venezolana) me quedé boquiabierto. El desempeño del equipo mexicano superó todas mis expectativas. El empate supo a triunfo por la manera en que jugaron, y ya no solo por la entrega y gallardía, sino por la calidad del equipo, por su manera de plantarse en la cancha, por Ochoa y diez más.

Croacia no fue un hueso fácil de roer, pero el equipo mexicano fue ampliamente superior y recibió su justa recompensa en el marcador. Cómo millones y millones de mexicanos, vi una auténtica exhibición de fútbol, uno de los mejores partidos que le he visto a los nuestros en un Mundial, y como ellos me di permiso de soñar, de ilusionarme, de emocionarme.

Durante 80 minutos, el Tri hizo lo mismo frente a Holanda, mostró una calidad futbolística y una fortaleza que dan, de verdad, para pensar en cosas mayores. Al final no alcanzó para derrotar a uno de los mejores equipos del mundo, que ha pasado por encima de sus rivales y que ante México se topó con un duro reto.

Habrá quien piense que es conformista reconocerle algo a Miguel Herrera y a los seleccionados mexicanos. Habrá quien diga que nos quedamos donde siempre, que no llegamos al quinto partido. Habrá quien, burlonamente, repita la frase: "Jugaron como nunca, perdieron como siempre..."

No coincido. Esta vez jugaron MUY bien los cuatro partidos. Lo hicieron con mínimo tiempo de preparación y acoplamiento y a pesar del desastre que les dejó enfrente la federación. Mostraron un carácter que yo no le había visto a una selección mayor. Aguantaron pésimos arbitrajes en contra. Le jugaron de tú a tú a los mejores del mundo.

Hay ahí muchas lecciones de lo que se puede lograr con esfuerzo, perseverancia, solidaridad de equipo, con orgullo y vergüenza deportivos.

Yo no me lamentó por la derrota ante Holanda ni por el arbitraje. Al revés, celebro que estos jugadores descubrieron de lo que son capaces. Ellos y Miguel Herrera, por quienes hace un mes muchos no dábamos un quinto, me hicieron tragarme mis palabras y mis tuits.

Gracias por eso, y por todo.

Twitter: @gabrielguerrac