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Comunicación en la contingencia michoacana

Son grandes los retos de comunicación que enfrenta el gobierno tras lanzar una nueva estrategia de control territorial, en medio de la nueva fase crítica surgida de la prolongada y profunda descomposición que vive y ha vivido Michoacán a través de los tiempos.

De inicio, está el reto de deslindar la actual gestión de gobierno, a un año de nacida, de ese proceso de descomposición y de las fórmulas fallidas para enfrentarlas en las dos anteriores administraciones federales —del PAN— y en las tres pasadas administraciones locales, del PRD. Son dos décadas a las que habría que agregar varias más en la que, en la época de la hegemonía priísta, esa entidad permaneció bajo control de un grupo político, el de la familia Cárdenas, protagonista desde hace más de un cuarto de siglo de la configuración del principal partido de la izquierda.

Sin embargo, allí está la inercia comunicativa predispuesta a ver en el todavía joven gobierno federal la responsabilidad del desastre, así como a interpretar las medidas actuales ya sea como repetición de las anteriores o como mensaje ominoso de un supuesto regreso del viejo partido dominante, en un territorio ya perdido por aquel aparato de poder, antes de perder el gobierno federal hace casi tres lustros.

COMUNICACIÓN DE CRISIS

Luego está el reto de prevenir o desmontar las precipitadas, simplistas, comparaciones e inferencias que algunos medios han convertido en "verdades" que no requieren comprobación, como el supuesto inmovilizante de que, a un periodo de modernizaciones profundas, corresponde una reacción desestabilizadora (Chiapas 1994, Michoacán 2014). Y de que además son comparables las decisiones ante las crisis en el México de hoy, que muy poco se parece al de hace dos décadas, y en una gestión presidencial con el poder de un exitoso primer año, en contraste con una gestión presidencial declinante, en sus últimos meses, de 20 años atrás.

En paralelo está el reto de enfrentar con hechos el escepticismo cultivado a pulso por los gobiernos con sus engaños sistemáticos, como la impresionante cadena de mentiras y montajes que enlistó ayer aquí Ernesto López Portillo, a partir del "michoacanazo" del presidente Calderón. No obstante el cambio de gobierno y de partido, experiencias como ésas han habituado legítimamente al analista y al ciudadano a escudriñar en la estrategia de hoy en busca del truco, del montaje.

Finalmente aparece acaso el reto mayor —que engloba a los anteriores— para la comunicación crisis en la democracia: la apuesta, también legítima, de las oposiciones, al fracaso del gobernante y a su correspondiente desgaste con miras a la siguiente elección. Si para quien está en el poder, las crisis representan riesgos, pero también oportunidades de consolidación a partir de su gestión exitosa, para las oposiciones y, en este caso, para las posturas y los intereses afectados por las reformas en curso, la actual crisis michoacana es vista sólo como una oportunidad de oro para tratar de descarrilar una gestión presidencial fortalecida por sus logros, así como para debilitar sus ímpetus reformistas en la siguiente negociación parlamentaria.

CONTRASENTIDOS

De allí que estas voces, por un lado, dimensionen la crisis michoacana con acentos superlativos de "Estado fallido", "guerra civil" o "vacío de poder", y por otro lado descalifiquen el hecho de que el Estado adopte medidas contingentes, excepcionales, para atender precisamente la situación contingente y excepcional que aquellas mismas voces han delineado. O que por un lado legitimen como 'insurrección popular' o justifiquen como justicieros por mano propia a los llamados grupos de autodefensa, y por otro lado cuestionen la constitucionalidad de la presencia de las fuerzas regulares del Estado en la recuperación de los territorios bajo cuyo control estuvieron antes otros justicieros hoy devenidos criminales.

Veremos más contrasentidos y riesgos, junto a nuevas oportunidades —para todos— en el curso de esta enésima crisis michoacana.

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