Opinión

Constitución real

Por: Saúl Lara Espinoza

Al contrastar el contenido normativo de la Constitución, respecto a la realidad política, económica y social, nos percatamos fácilmente que hay una enorme brecha entre sus estatutos y esas tres dimensiones que, si las examinamos a la luz del ser y el deber ser, nos arroja una grieta de la misma magnitud entre estas dos últimas categorías filosóficas, y al menos demostrable en cuanto a la tercer dimensión de las primeras tres mencionadas —realidad social.

Ese mismo resultado se sintetiza en una magnífica obra del siglo 19 de Ferdinand Lasalle, que lleva por título ¿Qué es una Constitución?

Se trata de una compilación de varias conferencias dictadas en Berlín, Alemania en abril de 1862. Y no obstante que hace casi 167 años de expuestas, sus reflexiones aún se encuentran vigentes, especialmente la conclusión a la que llega Lasalle, en lo que para él es una Constitución.

En síntesis, el citado autor expresa que una Constitución son los “factores reales de poder”, conocidos modernamente en su mayoría como poderes fácticos. Nosotros agregaríamos que en ellos se hallan diversos intereses, implícitos estos en la conocida obra clásica El Capital, de Carlos Marx y Federico Engels, pero en un enfoque jurídico se encuentran aún más claras esas dos categorías filosóficas —ser y deber ser—, ampliamente estudiadas por Emanuel Kant.

La primera, es decir, el ser, visto específicamente en función de la Carta Magna, contrastada con los hechos, observamos que sus disposiciones son únicamente el anhelo o aspiración del pueblo, en donde se halla el deber ser, y en medio de esas dos categorías —ser y deber ser— existe una enorme brecha en las que hay que instrumentar mucho más y mejores políticas públicas, con el propósito acortar su distancia; como por ejemplo, para hacer efectivos los derechos humanos contenidos en la mencionada Ley Suprema de la Unión, cuyas normas tienen como teleología ese deber ser.

Lo mismo sucedería si las autoridades se apegaran de modo invariable a nuestro máximo documento jurídico del país. Sin embargo, continuará siendo un ideal eterno ese deber ser, porque lo que prevalecerán siempre son esos factores reales de poder, o la suma de intereses de la oligarquía nacional e internacional, que al final de cuentas es lo que se impone en las decisiones políticas fundamentales. Mientras a la inmensa mayoría del pueblo se le seguirán postergando los derechos humanos, como los de salud, alimentación, vivienda, educación, entre otros. Ello aunque se hagan intentos para mitigarlos, a través de dichas políticas públicas.

De tal manera que siempre habrá una brecha entre el ser y el deber ser; espacio en el cual se traducirá en simple discurso dentro del proceso de lucha por el poder político.

Así que el ser, es y seguirá siendo, la Constitución real, mientras que el deber ser, su ideal jurídico o los anhelos de la inmensa mayoría del pueblo sumergida en el ser o realidad. Esperamos que la llamada cuarta transformación prometida por AMLO reduzca significativamente esa la realidad en México. Esto es, la brecha existente entre esas dos categorías. Sabemos que es una loza de millones de toneladas que Andrés Manuel López Obrador lleva a cuestas. Implica una labor titánica.