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GUASAVE

En cualquier otro país, por menos de lo que ocurre en materia de violencia, la reacción del gobierno hace rato hubiera decretado un real plan emergente y la movilización de equipo técnico, humano y de inteligencia suficientemente calificado, sin artificios para hacerle frente con resultados efectivos.

Y no sólo eso, por la mitad de la incidencia delictiva y los altos grados de impunidad que hace años se salieron de control al punto de alcanzar la ingobernabilidad, varios gobernadores, jefes policiacos y alcaldes se hubieran visto obligados a renunciar.

Y no hablamos de los fuegos artificiales que el gobierno Calderón antes y ahora de Peña Nieto ha lanzado en Michoacán con la detención de algunos alcaldetes y unos cuantos exgobernadores, más por cuestiones políticas que por razones legales.

Pero no, este es el país del "no pasa nada" y en el sector oficial en México y sus entidades federativas, hasta llegar a los municipios, todo opera a la inversa; la incompetencia y la irresponsabilidad parecen ser requisitos para el ejercio de los cargos públicos.

En Sinaloa, Tamaulipas, Guerrero y Michoacán, los civiles pueden estar cayendo como moscas, muertos a balazos, quemados, estrangulados, atropellados o "levantados" a plena luz del día y toda la sociedad en general indefensa ante la virulencia del crimen y la anarquía y los responsables de la seguridad pública seguir tan campantes como rampantes en sus puestos.

No se trata por supuesto de que los miles de agentes policiacos, del estado o la federación, los efectivos del Ejército y la Marina, lleguen, como llegan a esos territorios como en las películas hollywoodenses, protagonizadas por recios actores.

No es cuestión de espectacularidad, que es lo que les encanta a los incompetentes, ni ministeriales, militares o "marines" arriben a bordo de helicópteros, en los llamados tanques "Tiguer", enfundados en los lúgubres uniformes, armados hasta los dientes y a los que ya no les cabe ni un alfiler.

Tampoco que se instrumenten exageradas medidas espanta ciudadanos pacíficos y honrados, se tiendan cercos y rodeen ciudades enteras, como sucede en el cine de ciencia ficción o se declare el estado de sitio sin dejar entrar ni salir a nadie.

Aunque quién sabe si ya a estas alturas cuando el problema de la violencia en varios estados de la república y el nuestro mismo, se ha extendido y penetrado hasta la médula de la propia sociedad y el Estado, sería necesario llegar a esos extremos.

Lo curioso de todo esto es que a pesar de que en apariencia el avance de la infestación social que padecemos los gobiernos de los tres niveles fingen combatirla, la verdad es que se trata de sólo desplazamientos con una aparatosidad sin precedente, pero ineficaz, el mal no solamente no retrocede, sino que, según la percepción popular, se torna mas agresivo.

Hoy los funcionarios a los que ciertamente les heredaron el país y algunos estados infectados por la violencia y que tienen la obligación de ponerle remedio, creen que con maquillar cifras el asunto no se siente o que los mexicanos no se dan cuenta de que la salud pública está siendo minada por el incontrolable virus de la delincuencia de toda laya.

La población ya abriga un sentimiento no sólo de auténtico miedo e indefenso absoluta, sino de verdadera indignación por la impotencia de los gobiernos que raya en una criminal y desfachatada incompetencia.

Mientras, miles de cruces en los camposantos se levantan como símbolo de silenciosa condena y otras tantas familias lloran su tragedia.

¿Cuántos muertos más serán necesarios? Es pregunta.