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Cuarón y el presidente

La carta que contiene las 10 preguntas del ciudadano Alfonso Cuarón al presidente ha tenido una destacada repercusión en la opinión pública. Tendrá tres repercusiones políticas: abre el debate, obliga a una respuesta y marcará el estilo y la sustancia de la presidencia de Enrique Peña Nieto.

El texto reúne las tres características que Aristóteles atribuía a un gran discurso. El prestigio de quién lo dice, la sustancia de lo que se dice y la elocuencia de cómo se dice.

El quién de Cuarón. Es un ciudadano con el mayor prestigio que opina con independencia y legitimidad. El qué: toca los puntos de mayor relevancia en el debate sobre la reforma petrolera, tanto por ser los que preocupan a los ciudadanos como porque su respuesta definirá las consecuencias de la reforma. Y el cómo lo cumple con la precisión y elegancia en su manejo del lenguaje. Su iniciativa es oportuna: ocurre en el punto más alto de su prestigio y justo cuando en el Congreso habrán de definirse próximamente los contenidos y alcances de las leyes que regularán la reforma energética.

Por el gran impacto que ha tenido en la opinión y en las actuales circunstancias políticas, se puede anticipar que su iniciativa tendrá tres consecuencias políticas.

La primera. Ya logró abrir el debate sobre la reforma energética. Los diez puntos son la agenda a discutir. Son muchas las leyes y será compleja su implementación, pero ya hay unos contenidos que van más allá del debate ideológico que ha dominado. Sus puntos coinciden con las preocupaciones de los ciudadanos. En adelante, la crítica ya no estará sólo concentrada en la traición a los principios constitucionales, sino en asegurar que los beneficios que se anuncien se cumplan y, de no hacerlo, habrán sintetizado la dirección de la crítica y la denuncia.

La segunda. Han obligado al gobierno a responder. Durante todo el periodo de la aprobación de la reforma constitucional, el gobierno y su partido, hicieron todo lo posible por rehuir el debate. Fue vergonzoso cómo se cerró el debate en las Cámaras federales y escandalosa la manera como se aprobó la reforma en la mayoría de los congresos locales. Ahora, los funcionarios del gobierno se han visto obligados a dar una respuesta. Y al hacerlo, a intentar ajustar su propia propaganda —engañosa y apabullante— que ya ha empezado a convertírseles en un boomerang.

La tercera consecuencia política es la más importante. La manera como el presidente responda a Cuarón terminará por marcar su estilo personal de gobernar (Cosío Villegas). Y más aún: lo que acabe siendo la respuesta presidencial, marcará al gobierno y a su partido, por una razón sencilla: las repuestas a las diez preguntas son las que definirán el éxito o el fracaso de la principal acción del actual gobierno, en la que está empeñado su prestigio político.

Por lo que toca al estilo de gobernar hay dos opciones. La de una presidencia autoritaria: que no responde, que da las respuestas de la burocracia, que permite o lanza a golpeadores para descalificar al interlocutor, y que no sabe aprovechar la plataforma que se le ofrece desde una posición crítica para cuidar su propia reforma: para prevenir que no ocurran los desenlaces desastrosos posibles en cuanto a corrupción, falta de resultados sociales y destrucción del medio ambiente; que ocurrirían sin una efectiva y poderosa regulación.

La otra opción es la de la presidencia democrática. Un presidente democrático escucha, respeta, aprovecha la resistencia para prevenir los desenlaces desfavorables. Exige a sus funcionarios respuestas que sirvan para corregir y no para acallar a la voz crítica. Premia el acercamiento con la sociedad y las voces más influyentes de la opinión pública. Sanciona el autoelogio y la adulación. Tiene gestos de cordialidad. Concluye: "lo que resiste apoya" y que, quien que se aleja del sentir social y se cierra ante las voces independientes termina hundiendo a la autoridad. El presidente —él— tiene la palabra.