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Cuarón y la organización de la desconfianza

El ganador del Oscar de este año como mejor director de cine asumió la dirección de su propio personaje en el debate sobre las reformas. Tomó distancia de quienes pretendían conducir su actuación en la esfera pública asignándole el rol tradicional del personaje carismático que con su presencia ritual le da sentido a la incertidumbre de la gente común y que, a principios del siglo pasado —les decía yo aquí hace una semana— Max Weber identificó en el mago de la antigüedad y más tarde en el profeta, el sacerdote y el intelectual.

Con sus precisiones de esta semana Alfonso Cuarón se encaminó en cambio al proyecto que en este siglo el profesor del Colegio de Francia Pierre Resenvallon llama de "organización de la desconfianza", precisamente en su propuesta de "la política en la era de la desconfianza", subtítulo de su obra "La contrademocracia". Y con la riqueza de matices de sus respuestas a los cuestionamientos a sus cartas al presidente Peña Nieto (en mi caso, al uso que le dieron los medios) Cuarón marcó un contraste con la pobreza simplista de políticos y medios que le prometían el estrafalario nuevo estrellato del más fiel exponente del sentir ciudadano.

Su afirmación de que "no busca suplantar los debates en el Congreso" pareció un despido a sus fabricantes de sueños, un deslinde del script que contaba la triste historia de la falta de profundidad en los debates del Congreso, con un final feliz en que las deslegitimadas cámaras legislativas eran echadas del escenario por las radiantes Cartas al Presidente del talentoso cineasta.

OTRA HISTORIA

Pero las "bienvenidas" de Cuarón a las respuestas del gobierno a esas "cartas abiertas" (si bien, precisa, abren nuevas interrogantes) muestra que este director de su propia película no se tragó el señuelo de quienes lo transmutaban en la encarnación del ciudadano ideal, capaz de echar abajo las reformas, de acuerdo a la trama imaginada por quienes las combaten por convicción, intereses creados o cálculos políticos. El verdadero director les cambió esa historia por otra, en que sus "preguntas no se alinean con ninguna corriente ideológica ni cuestionan la existencia de las reformas", ni "tampoco ponen en entredicho" su "necesidad y justificación", ya que "el régimen monopólico estatal en la explotación de energéticos era y es insostenible". "Las reformas son necesarias, pero no aceptándolas a ciegas", sostuvo, además de alertar contra el papel de las empresas privadas en el sector energético, que no son, dijo, "hermanas de la caridad".

La corrupción empresarial asociada a la industria petrolera, reforzada con los fraudes de los sexenios panistas que redocumentó ayer aquí Carlos Loret (ciertamente sumada a los escándalos en los gobiernos priístas) ya había sido recogida por el académico Carlos Elizondo Mayer, en su crítica a los mecanismos de control en la legislación propuesta: un tema de vigilancia ciudadana del manejo de la riqueza nacional en el esquema de esta bienvenida "organización de la desconfianza" en que podría inscribirse ahora el cineasta.

REPROCHES

Y está finalmente el aspecto también propuesto por Cuarón de los obstáculos para una cultura del debate, que no sólo están en los cuestionamientos convertidos aquí en ataques y respondidos como tales, sino en el estado de la democracia en todo el mundo, en que temas neurálgicos suelen estar fuera del alcance (y del interés) de las mayorías. Sólo que la respuesta a su reproche a "la falta de participación ciudadana en el proceso" y a "la carencia de un debate profundo", no está en la despolitización que se abre paso en nombre de una mal entendida ciudadanización; ni en quedarse "esperando a presenciar la discusión de altura que nuestro país necesita", ni, por supuesto, en la pereza mental y la insondable ignorancia de su club supuestamente "ciudadano" de admiradores, tan ágiles como sus detractores para descalificar los conceptos fuera de su alcance. Por lo pronto, que siga el diálogo activo de gobernantes y ciudadanos.

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