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Opinión

Cuestión de apellido

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Por: Felipe Díaz Garza

La parte medular del "mensaje a propósito" del Informe del presidente Peña Nieto, el martes pasado, me recordó un chiste muy viejo que hace décadas le oí en un sketch en el Tívoli a "Palillo", aquel mimo famoso en los 50 y 60 por su agresividad contra el gobierno capitalino de Ernesto P. Uruchurtu, que éste correspondía cerrando seguido el teatro de variedades, que finalmente logró demoler, y encarcelando a cada rato a Jesús Martínez, que era el nombre debajo del famoso seudónimo del cómico.

La talla escenificada relataba que un hombre llegaba ante la autoridad con la demanda de que le fuera cambiado su nombre, pues el que tenía era muy feo. El funcionario le decía que no se cambiaban nombres por feos y que necesitaría una razón de más peso.

Ante la insistencia del demandante, el oficial del Registro Civil le preguntó el nombre que quería cambiar, a lo que el apesadumbrado ciudadano respondió: "me llamo Pedro Caca".

Ante la drástica realidad, de inmediato la autoridad convino comprensivamente en obsequiar el fallo positivo y pidió al suplicante el nuevo nombre, a lo que el hombre respondió sin demora: "me quiero llamar Juan Caca".

El enésimo cambio de nombre de la estrategia gubernamental contra la pobreza y su concomitante inseparable, el hambre, me recordó el sketch de "Palillo" en el viejo Tivoli.

Igual que el cambio de nombre del escénico personaje, el del programa social del gobierno peñista, continuación fatal del calderonismo y del foxismo y del salinismo y del echeverrismo y del porfirismo, es una modificación cosmética, maquillaje, vamos, que no transforma, no cambia nada.

Ello aunque, como presuntuosamente anunció en su mensaje sin propósito, Enrique Peña Nieto dice que vino a mover, pero parece haber venido, igual que sus antecesores, sólo a rebautizar cadáveres inamovibles, pues el cambio de nombre de un programa contra la pobreza no es un bautizo, lo que implicaría un nuevo ser o una nueva estrategia de gobierno, sino el mismo organismo muerto al que el presidente quiere hacernos creer que resucitará con vida nueva rebautizando a Pedro como Juan, pero conservando en el segundo la misma condición terminal de desecho, que es la que lo envenenó y mató.

Todos los apelativos anteriores, sistemáticos en el fracaso colectivo, pero insistentes en el éxito individual de los corruptos intermediarios de siempre, han conducido a rebautizos, pues, antes que Peña, sus antecesores enfrentaron el término de sus periodos rebautizando o modificando falsamente posibilidades, pero sin trabajar en el cambio de condiciones. Trabajaron para el sexenio, pero sólo cosméticamente, en el mejor de los casos, cuando no corruptamente, en el peor.

Prospera se llama hoy lo que ayer y antier se llamaba Oportunidades. Antes de eso se llamaba Progresa y más antes Solidaridad. Este último programa fue de la autoría de Colosio, como Prospera seguramente lo es de Ildefonso Guajardo, aunque sea compartido el mérito con otros ficcionistas. Pero en ambos casos es pálido cadáver bajo el maquillaje de los maquillistas o economistas Donaldo e Ildefonso.

Y antes hubo Ceimsa y Conasupo y quien sabe cuántas otras agencias corruptas e incompetentes, que traían maíz blanco caro para cambiárselo a los harineros privados por maíz gorgojeado barato, que iba a dar a la harinera oficial para combatir el hambre popular, como hoy dizque lo hará Pro Agro Productivo, que es Procampo rebautizado, pero con su apellido del Tívoli reconservado y reconcentrado, porque ése, el escatológico apelativo, no queremos cambiarlo, pues es nuestra única identidad verdaderamente nacional e institucional.

Y que no nos salga Ildefonso Guajardo con que no es una moda sexenal. En su caso es una moda mensual o semanal, pues en una semana o un mes, cuando mucho, aventará la cuchara de Economía y de Prospera de su autoría o padrinazgo para irse de gobernador dedeado a Nuevo León y le valdrán un apellido del Tívoli los pobres y hambreados de México, que con su pan coman.

diazgarza@gmail.com