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De la guerra y de sus condiciones

La terminología ha cambiado. Las condiciones de realización no tanto. Lo que hace algunos pocos años era "guerra", hoy se describe como otra cosa. Como un proceso de recuperación de espacios, de construcción de modernidad, de pacificación.

Los datos parecen mostrar otras cosas. Los despliegues, ataques, muertos, heridos, ocupaciones y recuperaciones son permanentes. El fundamento jurídico de hoy es básicamente el mismo de antes: una precaria interpretación de lo que las fuerzas armadas pueden hacer en tiempos de paz. Si las cosas van a ser iguales o, al menos, parecerse, conviene cuestionarse el fenómeno pero, sobre todo, sus condiciones, implicaciones y consecuencias. Nadie puede suponer que las movilizaciones, las acciones y omisiones, lo hecho y lo dejado de hacer, no producirán un cambio sustantivo en el modo de vida de muchos en los años por venir; asimismo, que el Estado no cambiará en algo; que la sociedad no entenderá la posibilidad de otras vías de comportamiento o que la democracia no se verá afectada por la forma en que actualmente se combate la violencia. Suponer la independencia entre el fenómeno enfrentado y los medios para hacerlo, es desconocer los orígenes del primero y su amplia vinculación con todo lo social. Es cerrar los ojos, asignar los males a un cómodo enemigo, pretender que su hacer y su querer son ajenos y pasajeros. Que pasado un tiempo caótico, todo volverá a ser como fue, como se quiere que sea.

Si no queremos hablar de "guerra", hablemos de lucha. Al menos de combate. Pensemos a qué debemos acudir para fundamentarla de forma tal que no violemos la Constitución. Pensemos en formas de actuar que no afecten el modelo de Estado que se quiere proteger. En el texto constitucional mismo hay opciones a seguir. Otra cosa es el modo en que las fuerzas armadas deban actuar a partir de ahí. Desconozco qué tanto se ha escrito sobre el modo en que, partiendo de una sólida base jurídico-democrática, deba darse su actuación. Sin embargo, creo que existen algunas claves de entendimiento construidas para enfrentar fenómenos que, toda proporción guardada, tienen elementos comunes. Específicamente por el uso de la violencia dentro de un Estado nacional y la dificultad de identificar plenamente a los combatientes y las condiciones de lucha que despliegan.

En su interesante libro Modern War (Oxford, 2013), Richard English identifica 7 aspectos para combatir exitosamente al terrorismo: aprender a vivir con él; atender a las causas de los problemas; evitar responder con sobre-militarización; entender la importancia de las labores de inteligencia; coordinar las medidas preventivas en materia de seguridad, finanzas y tecnología; mantener una amplia credibilidad en los argumentos emitidos para combatirlo, y respetar ortodoxamente el marco jurídico y adherirse al Estado de Derecho democráticamente establecido. Partiendo de la posibilidad de ciertas semejanzas entre los dos tipos de combates, este último punto me parece de enorme importancia.

Al respecto, Laura K. Donohue muestra en su importante libro The Cost of Counterterrorism (Cambridge, 2008), lo poco exitosas que fueron las medidas tomadas en los Estados Unidos y en el Reino Unido para combatir el terrorismo a partir del 11 de septiembre, así como los enormes descalabros que significaron al funcionamiento del Rule of Law en ambos países, las excepciones que generalizadamente se generaron y los retrocesos que terminaron viviéndose y están a la vista en diversos campos. El problema de origen, dice Donohue, fue la reducción de las condiciones de la discusión pública al binomio seguridad/libertad. Al adoptarse la primera opción, lo demás se dio por consecuencia. En el combate a la delincuencia organizada no parece adecuado encasillarnos en los mismos parámetros, ni apostar a la construcción de semejantes excepciones. Fortalecer la convivencia democrática significa extraer las soluciones desde las normas jurídicas en que se plasma. No las excepciones que puedan irse construyendo.

@JRCossio