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Opinión

De la información y sus consecuencias

Por: Martha Chapa

Comunicación es poder, dicen por ahí. Y es muy cierto: la comunicación es tan sustancial y determinante en nuestros días que, a mi parecer, conforma la savia que corre por todos los ductos de la sociedad. Constituye una herramienta tan determinante que lo mismo puede favorecer como demeritar, según la habilidad y eficacia con que se maneje.

Ejemplos sobran de uno y otro lado. Ahí está el caso de tantos presidentes del país que han visto cómo se deteriora su imagen conforme avanza su gestión, lo que en opinión de muchos analistas se debe a un deficiente manejo informativo. Claro, diría yo, además de otros muchos factores, como la corrupción, la ineficiencia o las dificultades derivadas de la compleja tarea de gobernar. En la otra cara de la moneda hemos sido testigos en diversas ocasiones de los beneficios derivados de una buena comunicación.

Recojo ahora un ejemplo reciente de lo que puede ocasionar una errónea política de comunicación, en este caso derivada del intento de ocultar o retardar la divulgación de hechos que fueron noticia nacional e internacional. Me refiero al caso del transbordador (ferry le dicen allá) que explotó el pasado 21 de febrero en Playa del Carmen, Quintana Roo.

Tras el incidente, que dejó 26 personas heridas, entre ellas varios visitantes extranjeros, pasaron días y días sin que se aclarara lo que había ocurrido, o sea, sin que se divulgara cuál había sido la causa de esa desgracia. Tuvo que llegar desde Estados Unidos la versión de lo que real o supuestamente se había registrado en ese importante destino turístico para que finalmente, casi dos semanas después, comenzara a fluir información en nuestro país.

Se hizo evidente entonces que las autoridades federales y estatales habían intentado ocultar lo sucedido, aunque a fin de cuentas se supiera por otras fuentes. Pero lo más grave es que esa falta de claridad permitió que rumores de todo tipo fueran y vinieran, lo que dañó la imagen de México en el exterior, al grado que surgieron avisos para los funcionarios y turistas de varios países, a fin de alertarles sobre los riesgos del uso de ese tipo de transportes en esa ciudad, lo que se interpretó como la advertencia para que no la visitaran.

Supimos por fin de fuentes oficiales, luego de semanas, que la explosión fue provocada por un artefacto doméstico, y según las autoridades eso descarta la posibilidad de que se tratara de un acto terrorista. En todo caso, todo parece apuntar a que sí fue un acto deliberado y no un accidente, aunque todavía no se ha aclarado quién fue el perpetrador y menos aún cuál fue su móvil.

Así, en tanto siga pasando el tiempo y no se informe debidamente quién está detrás de esos atentados, los perjuicios para el turismo, sustancial para la economía del lugar, se pueden acrecentar hasta extremos preocupantes.

Aun cuando las autoridades finalmente divulgaron alguna información sobre el caso, las cosas no quedan claras y los rumores continúan. Se habla de que pudiera tratarse de una amenaza o venganza contra quienes detentan esas concesiones turísticas, personas vinculadas a la familia del exgobernador Roberto Borge, o bien podría ser una medida de presión de carteles de la droga que operan y compiten en esos territorios, e incluso, quizá, un recurso para obtener impunidad criminal.

Por eso, tanto el gobierno federal a través de las secretarías de Gobernación y de Turismo, como el gobierno de Quintana Roo, deben con urgencia establecer los criterios de comunicación que informen con oportunidad y veracidad estos y otros hechos, así como sus consecuencias. Y con un vocero único, visible y creíble ante los medios de información, que a su vez comunique con agilidad y amplitud los resultados de la investigación, además de dar respuesta puntual a los periodistas.

De otra forma, el desarrollo tan plausible en materia de turismo que se ha observado en los años más recientes, el cual significa fuentes de trabajo, inversiones y divisas, podría detenerse o, peor aún, sufrir un retroceso, que vendrá a sumarse a la violencia que corroe al país sin distingo de sitios, regiones y entidades.