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De mendigos

“Seño, me da pa’ un taco”. ¿Le suena la frase? A quienes de cotidiano andamos por el centro de la ciudad cada vez es más difícil escapar de la mirada lastimera que acompaña la mano extendida pidiendo como regalo una moneda, mirada que cambia a una de franco reproche, a veces acompañada de una frase despectiva o altisonante (comúnmente “madrazo”), cuando la solicitud recibe como respuesta un rotundo no. La mendicidad para nada es un fenómeno nuevo. No es algo que necesariamente acompañe a países en crisis. Su presencia se da en sitios con mejores condiciones que las nuestras. Hay quienes mendigan porque una real necesidad los orilló a ello, pero por cada uno hay un buen de limosneros que encuentran en la caridad, traducida a dinero en efectivo, su modo de vida. A estos últimos me referiré. Así como los años han traído tantísimos cambios a diversos aspectos del quehacer, la mendicidad no ha quedado exenta. Cuando fui niña la clásica forma de pedir era extender la mano y sonar las monedas. La “pedidera”, como decían las abuelas, iba del señor cargando a la niña o al niño haciéndolo pasar por enfermo, al tipo “ciego” que en el extremo contrario a donde pedía limosna milagrosamente recuperaba la vista, o al que se pasaba la mañana en silla de ruedas solicitando la caridad, y un día, en una fiesta, se le olvidaba que mentir requiere memoria y se aparecía abriendo pista bailando como trompo chillador. En ese tiempo, los sordomudos de antaño solían ofrecer estampas impresas con el lenguaje de señas o con la de algún santo milagroso acompañado de su respectiva oración. Las estampas incluían el mensaje que aclaraba que quien las ofrecía carecía de habla y vivía de comercializarlas. Eran, en estricto sentido, vendedores más que limosneros. Si la compra de sus estampitas no se concretaba, entonces sí hacían uso de la mímica para pedir lo que pudiera traducirse en “con lo que guste cooperar”. Debo mencionar que no faltaba el ocurrente que empezaba a provocar e insultar al pedinche, para ver si realmente no hablaba o no oía. Cabe mencionar también que no fueron pocos los que de pronto olvidaban su condición y respondían “$%& la tuya”. Sin embargo, de un tiempo acá se ha puesto como de moda pedir en silencio. Está usted en algún sitio y de pronto llega alguien y le extiende un papel manuscrito en el que le solicita una ayuda para comer. El solicitante arriba, reparte sus papelitos como si fueran tarjetas de presentación, y acto seguido las recoge o recoge las monedas. Todo sin decir una palabra. A veces al recoger los papelitos y ver que no hubo apoyo se digna a hablar y a pedirle “me da pa’ un taco”. Si la respuesta sigue siendo negativa, entonces lanza una mirada de desprecio o un popularísimo insulto, para volver a su ensayado mutismo.Muchas gracias por leer estas líneas. Comentarios, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com. En Twitter en@MarisaPineda Que tenga una semana de bonanza.

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