Opinión

De “papá cuéntame otra vez”

Por: Rigoberto Ocampo

Para esos alumnos que siguen su propio viaje.

Ismael Serrano es un cantante español. Comenzó a publicar sus discos a finales del siglo XX. Tiempo de recuentos, balances y añoranzas. Su canción más popular es “Papá cuéntame otra vez”. El hijo le pide al padre que haga de nuevo el relato de aquellos años de revuelta, del mayo de 1968. De la ocupación de La Sorbonne. Le pide le cuente “esa historia tan bonita de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia, y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo, y como desde aquel día todo parece más feo”. Empieza la nostalgia a calar hondo. Sólo dos poster estaban colgados en el cuarto del departamento del DF: dos rostros, el del Che Guevara y el de Bertrand Russel. El “guerrillero” que se quería, a fuerza de la quimera revolucionaria, el ejemplo. Se quería seguir soñando, creer que podía ser alcanzada. Serrano tiene toda la razón, nadie se atrevió a tomar ese fusil de nuevo. Y sí, también, desde aquel día, todo se comenzó a poner más feo: Fue el día que cada uno decidió no tomar ese fusil. Cada quién tiene en su memoria ese día: El de la renuncia a las juventudes del Partido Comunista (PC), porque el delegado del Comité Central calificó de pequeño burgués la propuesta de alfabetizar, cómo en Cuba. “Compañero, la directriz es primero lograr las condiciones objetivas para la lucha proletaria, después las subjetivas”. La respuesta fue: “Ya sé que el Che en sus Obras Revolucionarias sostuvo, cito “la revolución no la harán quienes tienen la espalda corva en los surcos”. Pero debemos de enseñar a leer y escribir a los compañeros campesinos y proletarios”. Se repitió la orden. Ahí, se abandonó todo intento en el PC, y a partir de ese día, sin duda, ya “todo se comenzó a poner más feo”. Se acabó la ilusión, la quimera, el sueño. Llegó la realidad. Las juventudes del PRI, el apoyo del líder de la CROC. Empezaron las clases en la Facultad de Economía de la UNAM y la realidad de la teoría del valor marxista y su capítulo 24, tomo I, “De la acumulación originaria”. Todo se volvió, simplemente, más feo. 

En la canción, el joven pide al padre le cuente por qué, “tras tanta barricada y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada, al final de la partida no pudisteis hacer nada, y bajo los adoquines no había arena de playa”. Se opera un cambio, del panfleto de Lenin “qué hacer”, a un demoledor “qué pasó”. Se recuerda como los versos de Octavio Paz pesaron y pesan como concreto, pero son: “frases inmortales grabadas por la luz en puros bloques de asombro”. Desde entonces, siguiendo a Paz, no ha quedado más que seguir en la angustia, la inmanencia, el eterno retorno, el tiro de dados continuo: “Hoy lucho a solas con una palabra. La que me pertenece, a la que pertenezco: ¿cara o cruz, águila o sol?”

Algunas noches, en medio de la soledad y el recuerdo, suena la canción de Serrano: “Fue muy dura la derrota: todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas”. En medio de esas añoranzas y las endorfinas del ejercicio nocturno, se oyen las estrofas de la canción: “pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza”. Y ahora, la nostalgia ya no es Paz, Spinoza ni Nietzsche. Es sólo un penar grande, en medio del cielo estrellado, la caminata nocturna solitaria, hay la certeza de que ese momento es lo único que hay, porque, “sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual: las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más…”

PÁRRAFOS: DE LEER, ESCRIBIR Y HABLAR ESPAÑOL 
En París, a principios de la última década del siglo pasado, en medio de la ilusión retomada. El regreso sería para llegar al poder, dirigir el Estado, lograr cambiar. Un amigo, también economista, suelta una crítica, que años después, se volvió el qué hacer: “¡Hey! Dejen la megalomanía, dejen de pensar en ser los salvadores de la patria, de creer que México no los merece. Cambien a sus alumnos”. En la prepotencia del Doctorado europeo, nos sonaba mediocre, falsa modestia. Llegó el regreso. Se comenzó a dar clases a finales del siglo pasado, al mismo tiempo que Serrano inició con sus canciones. Se topó con la constatación de que “todo era más feo”. Los alumnos querían una cosa: dinero. No más de una decena de excepciones, a lo largo de más de veinte años, confirman la regla. Qué quieren, pregunto cada semestre. Dinero, responden todos. Entonces, la consigna, desde el primer día: nadie de los alumnos, con sólo estar anotados en la lista, reprueba, empiezan con seis. De ahí hasta el diez, o, quedan con el seis. Sólo leyendo, escribiendo y hablando su lengua, podrán alguna vez, quizá, conseguir eso que quieren: dinero. Al final, “todo dio igual”, ellos reciben los golpes del desencanto, en cuánto salen al mercado laboral. No saben usar correctamente su lengua. Pero, que sí vale, cada semestre, cuatro, cinco alumnos, algunas veces sólo dos, se quedan y siguen leyendo. Luego, mandan mensajes desde lejanas ciudades, en sus propios viajes. Entonces, se recuerda, ellos, sí están cambiando, y un día, cambiaran México, el de sus hijos y los míos.
lecturas_eldebate@yahoo.com