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De rebatinga en rebatinga

A DOS DE TRES

Tenía rato que no me tocaba ver tal rebatinga como la que ha armado la campaña refresquera con envases con nombres propios. Ver los letreros en los refrigeradores exigiendo, o suplicando, que no se revuelvan los envases, me recordó la era en que uno peregrinaba por las tienditas en busca de la estampa que faltaba para completar el álbum coleccionador que se estuviera llenando en ese momento.

Si bien estas promociones de nuevo no tienen nada, hay que reconocer que la de los nombres en los envases se perfila como un éxito, al involucrar a amplios segmentos de consumidores. Antes de continuar, una acotación: puede decirme que si el refresco patrocinador es dañino, que si contiene demasiada azúcar, que si esto o lo otro y no lo voy a contradecir. A estas alturas de la vida pecaría de algo más que de ingenua si me llamara engañada sobre el contenido calórico de mucho de lo que tomamos o comemos. Me refiero aquí a la campaña y al envase, no a las maldades o bondades del líquido. Fin de la acotación. Prosigo.

Muchos de los predigitales tratamos de llenar cantidad de álbumes; de luchadores, de equipos de futbol, de series de televisión y de una amplia variedad de temas más. De poco valía la recomendación "no te gastes tu domingo en estampitas", pues en cuanto teníamos las monedas en la mano emprendíamos camino a la tienda más cercana en pos de las que nos hacían falta. Se suponía que al completar el álbum podía canjearse por un premio, pero no conozco a nadie que lo haya hecho. Impensable. Tener un álbum debidamente lleno era una especie de trofeo de guerra, algo para presumir y desatar el germen patógeno de la envidia.

En el llenado de los álbumes siempre había una estampa por demás difícil de conseguir, y unas cinco más que no era común encontrar. Era entonces cuando el feliz poseedor de alguna de las codiciadas piezas cambiaba las "churpias" (sinónimo de repetido) por lo que quisiera: tenerlo a uno como esclavo haciendo sus mandados, hacerle las tareas durante determinado tiempo, cediéndole uno o varios juguetes. Del tamaño del anhelo era el tamaño del trueque. Quedar a una estampa de completar la colección era como estar chimuelo de alguno de los dientes superiores, más notorio imposible. Un solo cuadro que no rebasaba los diez centímetros separaba la alegría de la frustración.

Con el tiempo llegaron otras colecciones. Con los "tazos" cantidad de frituras terminaron en la basura porque la "plebada" tiraba el producto y se quedaba con el "tazo". Igual ocurrió con las cajas de golosinas, los dulces a la basura y el juguete al coleccionador. Pero no fue sino hasta esto de las latas en que se ha desatado tal rebatinga. Ya en varias tiendas cambiaron de lugar los refrigeradores y si desea un refresco se lo tiene que pedir al encargado, en otras han puesto letreros pidiendo no revolver los envases y en otros tantos están resignados a estar señalando constantemente un letrero que dice "solo tenemos los nombres que ve ahí".

Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones, por favor en [email protected] En Twitter en @MarisaPineda ¿Qué cree? Nos vamos a dar vacaciones. Regresamos en una semana. Anímese a leer un libro y mientras, que tenga una semana refrescante ¡Ah! Y si ve una lata que diga Marisa, se la encargo.