Opinión

De viaje

LECTURAS

Por  Rigoberto Ocampo Alcántar

De viaje(Foto: Pixabay)

De viaje | Foto: Pixabay

En una charla con un grupo de amigos se les invitó a leer el poema Itaca de Cavafis. Porque la vida es un viaje. Luego, se platicó con una amiga y su pequeño hijo. La recomendación al infante fue leer, leer y leer. Con sus primeros lugares en matemáticas se le insistió en leer.

Pidió que le habláramos en francés, porque le gusta oírlo. Se le platicó alguna historia del viaje. Entonces, se le prometieron unos libros y se le comentó que se escribió de ese viaje. Entonces, se recordaron algunas de estas líneas (Lecturas, EL DEBATE, 29/Jul/2007). Van para ese pequeño amigo esperando que venga a aprender a surfear y andar en bicicleta con el pequeño Rigoberto:

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El viaje surge cuando sientes que es inevitable buscar la llegada. Entonces, cada uno decide a donde partir. Pase lo que pase, en el crepúsculo el camino te llevará a Itaca. A donde se va a depositar tu vida. Es el eterno retorno.

La serpiente que se muerde la cola. Igual cada uno toma el tiempo que debe durar su travesía, así como el itinerario a seguir, las fechas de salida, lugares de escala y día del último desembarco. Es como dice Nietzsche en Aurora, el viaje de un topo escarbando la tierra y que va a encontrar su aurora.

 
De viaje

En cada una de estas decisiones está la construcción de la propia circunstancia. Y, al final no se es más que uno y su circunstancia (J. Ortega y Gasset). En su poema “Itaca” Constantino Cavafis expone esto de manera magistral (la traducción es a partir de la versión en francés de M. Youcenaur):

ITACA

Cuando partas para Itaca, pide que el camino sea largo, rico en peripecias y lleno de experiencias. No temas a los Lestrigones, ni los Cíclopes, ni la cólera de Neptuno. Tú no verás nada parecido en tu camino si tus pensamientos se mantienen elevados, si tu cuerpo y tu alma no se dejan rozar que por emociones sin bajeza. Tú no toparás ni los Lestrigones, ni los Cíclopes, ni el feroz Neptuno, si tú no los portas dentro de ti mismo, si tu corazón no los lleva frente a ti.

Desea que el camino sea largo, que sean numerosas las mañanas de verano, donde (¡con qué delicias!) tú arribarás en puertos vistos por la primera vez. Haz escala en los mostradores fenicios, y adquiere bellas mercancías: nácar y coral, ámbar y ébano, y mil especies de embriagadores perfumes. Adquiere lo más posible de estos embriagadores perfumes. Visita muchas ciudades egipcias, e instrúyete ávidamente al lado de sus sabios.

Guarda siempre a Itaca presente en tu espíritu. Tu objetivo final es de lograr llegar ahí, pero no acortes tu viaje: más vale que dure largos años, y que abordes al final en tu isla los días de tu vejez, rico de todo eso que has ganado en el camino, sin esperar que Itaca te enriquezca.

Itaca te ha dado el hermoso viaje: sin ella, tú no hubieras emprendido el camino. Ella no tiene nada más que darte.

Aun si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado. Sabio como te has vuelto después de tantas experiencias, tú has, al final, comprendido eso que significan las Itacas.

De caminos

Un día se emprende el viaje. Muchos retrasan ese inicio. El calor y protección de la burbuja de la familia. La comodidad, el miedo, la nada que acecha y provoca ansiedad, hacen alargar y alejar la fecha de salida. A otros la angustia hace que el camino los regrese antes incluso de haber conocido los perfumes embriagadores o haber platicado y entendido a los sabios de Egipto que pide Cavafis se visite y beba su sabiduría.

Cada uno sabrá cuándo regresar. Sólo debe recordarse al poeta: “Guarda siempre a Itaca presente…”. En el viaje y al regresar. No es en el más allá, es en el aquí y el ahora, la inmanencia, no hay más que recordar la poderosa Aurora de Nietzsche.

En fin, ahí está el camino a Itaca, en donde cada uno debe de aprender y reconocer la enseñanza de la cotidianidad para estar en condiciones de construir en su propia isla lo más parecido a su bienestar. Antes de que llegue el inexorable final.

Párrafos: De neblina

El agua fría y el clima cálido hacen surgir la neblina en las costas de Sinaloa. Es un sentimiento de incertidumbre. Pero cada uno sabe que ahí está la costa, la playa, la casa, la familia, los seres queridos, el placer, la risa.

Ahí está ese café donde los domingos se va con el amigo a desayunar. Se comparte erudición y sabiduría de rancho. Para cuándo se va de regreso a casa, ya se ha despejado la neblina. Así es la vida, dice Santiago. Y sí, así, la vida.

lecturas_eldebate@yahoo.com

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