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Del "Carlos González" al "Ángel Flores"

POLITEIA

La discusión pública sobre la construcción del nuevo estadio de béisbol o, más bien, sobre la demolición del vetusto Ángel Flores se ha elevado innecesariamente casi a la altura de tema de Estado. No deberíamos perder el sentido de las proporciones, y ubicar el tema en sus justas dimensiones: ¿Necesitamos o no infraestructuras modernas que reafirmen nuestro orgullo y sentido de identidad, de pertenencia como sinaloenses, como culiacanenses? ¿Queremos seguir viviendo anclados al pasado, o abrir nuevos horizontes para nuestra vida asociada?

Sin desconocer la existencia de algunos aspectos de carácter legal en la controversia que se ha levantado, me parece que la clave, como ha ocurrido en otros momentos, por ejemplo, con la construcción del puente que conecta el Tres Ríos con el centro de la ciudad a través de la avenida Teófilo Noris, está en la tensión entre tradición y modernidad, sólo que aquí la tradición significa la defensa de un inmueble no funcional, arcaico y que ha visto pasar ya sus días y noches más gloriosas.

El viejo Ángel Flores, hay que recordarlo, fue cedido en comodato por 25 años, es decir, por una generación, a Juan Manuel Ley. Estamos hablando de un inmueble público que, salvo muy contadas ocasiones, ha sido utilizado por un particular, con resultados muy favorables en cualquier análisis costo-beneficio. Un equipo competitivo, ganador, permitía olvidar esta especie de privatización de un espacio público, pero los cambios en la vida colectiva empiezan a poner todos los asuntos bajo escrutinio de la ciudadanía.

Ahora todos podemos opinar. Hace unos meses tuve la oportunidad de conversar con el entonces alcalde local, Aarón Rivas, y le decía que, más allá de la renovación de la concesión a Ley, por un periodo excesivamente largo y cuyos deberes no compensan los muchos derechos otorgados, me parecía que la decisión del Cabildo de renunciar al nombre del estadio era un gran error.

Por esto: el antiguo campo de futbol de la Zapatería Princess, bautizado como Carlos González y González, en honor a ese gran promotor del deporte local, mantuvo su nombre al convertirse en el estadio que ahora todos conocemos y donde juegan los Dorados. Sin embargo, aprovechando que el equipo estaba en la cresta de la ola en el futbol profesional, hubo la oportunidad de vender el nombre a una institución bancaria.

Y la operación se hizo: dos millones de dólares costó a Roberto González Barrera hacerse del nombre del coso deportivo para ser bautizado como Banorte, y al gobierno, se supone, recuperar una parte de la inversión realizada para construirlo. Hubo algunas protestas y respingos por aficionados, pero los tiempos traen tiempos, y nada podía hacerse.

Con el Ángel Flores el cabildo renunció hasta al nombre, mismo que podrá comercializar el titular del comodato. Si el nombre del Banorte costó dos millones de dólares, ¿no puede costar un mínimo de unos cinco millones de dólares el nombre del nuevo estadio de béisbol, con una marca histórica, consolidada y ganadora?

Eso le permitiría, por ejemplo, recuperar una parte considerable de su aportación al nuevo inmueble. Y de nuevo, por otra generación, un espacio público en manos de particulares. Eso es lo que creo que no está bien.

Tradición y modernidad.

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