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Opinión

Del régimen político

LECTURAS

Por: Rigoberto Ocampo

Hay una discusión de actores políticos, intelectuales, periodistas y gobernantes, sobre la capacidad del régimen democrático para persistir con la escena legislativa y ejecutiva que dejó la elección 2018. Antes de estar, a favor o en contra, hay que dejar sentado: ¿qué es un régimen político? Van unas notas elaboradas a principios de los noventa y publicadas en 1995. Concluyen bordando alrededor del régimen autoritario mexicano posrevolucionario:

“En un sentido muy tradicional, un régimen político es, en sentido amplio, la forma en que está regido un Estado. Es el conjunto de instituciones, normas, doctrinas y principios que, en un “momento dado determina la vida política y social de una comunidad políticamente organizada” (Rafael Garzaro: Diccionario de política, 1977).  El régimen es la estructura que regula el acceso de la sociedad a los niveles de mando político, señalando también, lineamientos al ejercicio del poder público. Esta definición, es insuficiente toda vez que el Estado ha dejado de ser definido sólo por territorio y soberanía. Si el Estado, por el contrario, es entendido como un conjunto de relaciones, habría que concebir el régimen, como la manera en que se plantean las relaciones entre instituciones y sociedad. Entonces, define Guy Hermet: “El concepto de régimen se entiende como un modo de arreglo institucional del Estado --modo de derecho o de hecho, legitimo o no-- que se establece bien en una relación subordinada vis-à-vis de la sociedad (la democracia liberal), o bien en una relación antagónica con ella (el autoritarismo) (“Les pays d´où l´on vient”, Memo, s/p). Por otro lado, Philippe Schmitter, al presentar al régimen como el segundo nivel de dominio político en la sociedad, lo define el “tipo de aparato de gobierno”, y el tercer nivel de dominio político es el gobierno, a este último lo define como “el conjunto de personas que, en un momento determinado, en su condición de presidentes, ministros o altos funcionarios, dirigen el régimen que, a su vez, rige ese Estado o controla el acceso al mismo” (“La concertación social en perspectiva comparada”).

A partir de estas reflexiones, entenderemos por “régimen político mexicano” al gobierno de México a saber: el Poder Ejecutivo y las instituciones que de él dependen tanto por mandato constitucional como por el establecimiento de leyes; y, por otra parte, las instituciones dependientes de los otros dos poderes, el Legislativo y el Judicial -aun cuando se expresa una supremacía del ejecutivo sobre estos últimos-, y las organizaciones sociales, dependientes, o no, de la esfera corporativa.” (Notas de Tesis de Doctorado, Univesité La Sorbonne Nouvelle, Paris III, 1995).

DE “LAS ROSAS DE PARÍS” III (PRIMERA PARTE)
El domingo a las diez de la mañana ya estaba listo. No sabía si irse al museo, tomarse un café por allá, o hacer tiempo y esperar a Nadine en la entrada del Metro. Era evidente su nerviosismo. Finalmente, prefirió estar temprano: ella podía no encontrarlo e irse. Cuando tomó el último tramo del Metro ya eran las diez para las once. ¡Pu... madre!, comenzó a maldecir, pues había calculado mal el tiempo, se le olvidó que los domingos el tránsito de los vagones del Metro era menos frecuente que entre semana, elemental, pero los pinches nervios de ver a la güerita lo habían descontrolado. Por fin, a las once y cuarto vio el punto de encuentro. Nadine ya estaba ahí.

—¿Qué tal, cómo estás?—, preguntó ella, mientras le acercaba sus labios a las mejillas para darle los dos besos de saludo, costumbre francesa a la que él aún no se acostumbraba, pero le parecía maravillosa.

—Bien, ¿hace mucho que esperas? —, preguntó Ricardo a su vez.

—No, acabo de llegar—, le respondió la güerita.

Pensó que no valía la pena que diera disculpas, no debía parecer muy interesado, más bien como si le fuera indiferente.

—¿Qué onda, ya entramos a la exposición?—, le dijo.

—Sí, hay una cola más o menos grande—, comentó Nadine.

Después de una espera de cuarenta minutos entraron. Era algo maravilloso, Paul Gauguin le hacía recordar el mar, esas olas que lo habían acompañado durante su adolescencia, los rayos de sol parecían como si le quemaran la piel, de verdad podía sentirse en la playa. Comprendía y compartía el gusto del pintor por las mujeres morenas de caderas amplias, de cuerpo robusto, de pelo lacio, natural, cayendo sobre los hombros. Se acordó de su novia que lo esperaba en su tropical puerto del Pacífico mexicano. No pudo dejar de preguntarse qué chingados hacía con la güerita, pelos de elote, ojos azules, espigada, la verdad, requete buenisísisima, pero según los cánones de belleza occidental. Ahí estaba Gauguin, gritándoles con sus colores y movimientos resplandecientes la belleza que él conocía, la de su tierra, de la cual él formaba parte.

—¿Qué te parece la exposición? —, le preguntó Nadine.

—La verdad me tiene impresionado, sobre todo creo que por venir de un puerto tropical me gana el colorido, como si lo estuviera sintiendo en la piel. ¿Me explico? No es por snob, es verdad, se siente uno estar en la playa, a lo mejor por eso les gusta tanto a los franceses, siempre andan soñando con irse a alguna playa perdida, ¿no? Fíjate, yo dejé mi playa para venir a encontrármela aquí, en un museo de París, gracioso, ¿no?—, comentó Ricardo.

—Bueno, no exageres, también tienes que observar la espiritualidad de su simbolismo; la influencia impresionista en sus pinturas; aunque en la cerámica, se ve la presencia indígena marcando su cultura europea. Sin embargo, en los dibujos y tintas puedes ver rasgos muy originales de los nuevos caminos de expresión que buscaba Gauguin—, concluyó Nadine en un tono doctoral.

—Ah, ¡chingados!, te leíste la enciclopedia antes de venirnos. ¿Por qué no le ves nada más lo bonito, lo a toda madre que están?—, difícil le fue traducir al francés esta expresión de sus gustos a Ricardo, —¿me explico?—, le insistió.

—No seas pedante, te estaba explicando, pero si no quieres ya no le sigo—, le respondió ella haciendo un mohín de coqueteo.

O sea, la morrita quería con él, esas miraditas y esas muecas: andaba muy pendejo o la muchacha le correspondía; pero tenía que tomar las cosas con calma.

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