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Despojo

“Es humano errar, pero es de sabios corregir”. Así iniciaba un anuncio de la Industria del Entretenimiento, como se autonombraron los permisionarios de casinos de Nuevo León, que no tenía otro propósito que el de influir para que se diera marcha atrás a una ley que impone un impuesto del 10 por ciento al juego. “Nobleza obliga”, continuaba el anuncio y exponía que había que revertir la “actitud discriminatoria y la ausencia de diálogo con las damas y caballeros de la tercera edad que se refugian en los casinos para convivir en un ambiente amable y seguro, y que ahora son despojados del 10 por ciento de su presupuesto, simplemente por entrar”. El anuncio está muy bien redactado, pero peca de imprecisiones e hipocresía. En primer lugar, porque el juego no es privativo de personas de la tercera edad, sino que desgraciadamente ha atrapado a gente muy joven que va a estos lugares, bajo la excusa de buscar esparcimiento, a ser despojada de sus ingresos. Es patético lo que sucede con mucha de esta gente que ha hecho del juego un vicio. Se han dado casos de gente que remata joyas y bienes ahí mismo, para después de haber perdido su dinero, obtener un poco más para seguir jugando. Hombres y mujeres que se han deshecho de costosa joyería o de finos relojes por un precio ínfimo de su valor, sólo a fin de tener un poco más de dinero, para perderlo como perdieron el que traían cuando llegaron. Matrimonios que han perdido su casa por las deudas que contrajeron por el vicio del juego. Mujeres que, para tener dinero con que jugar en el casino, se prostituyen. Madres de familia que por la mañana no preparan el desayuno de sus hijos y los dejan a toda prisa en el colegio para apresurarse al casino. Padres o madres que llegan tarde a su casa después de haber comprometido el patrimonio familiar. Es tal el vicio de algunos de quienes van a los casinos, que se dice que, durante el incendio del casino Royale en Monterrey, el 25 de agosto de 2011, no faltó quien, con las llamas consumiendo el edificio, se apresurara a otro casino para continuar jugando. Con respecto al referido anuncio, hay que decir que peca de hipocresía, porque un casino no es necesariamente seguro, aunque se carezca de violencia dentro de él, cuando la gente corre el riesgo de ser despojada de su patrimonio. Algo que, cuales buitres, gustosos los casineros se encargarán de hacer. Para eso están.