Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

0 0

Dilemas de reformar

Tras 15 años sin reformas trascendentes, México está inmerso en un proceso de transformación sin precedente. Toda reforma se refiere a un proceso que libera la posibilidad de llevar a cabo cambios que, por su naturaleza, son discretos, pues no suceden de manera continua. En otros términos, reformar es recuperar el tiempo perdido por no cambiar.

¿Es posible no "reformar"? No, pues los rezagos y el atraso que se acumulan en una sociedad pasmada no pueden hacerlo ilimitadamente; llega el momento de la explosión, que da lugar a reformas, como México lo ejemplifica. En los hechos, no existe la posibilidad de no realizar reformas. Tarde o temprano éstas se van a dar.

Toda reforma tiene costos, pues concluye un periodo para iniciar otro, en un proceso en que participan poderes fácticos e intereses creados. Unos pierden, otros ganan, y otros más, la gran mayoría de la población, gana aunque no lo perciban (las grandes mayorías no tienen quien hable por ellas, por ejemplo los consumidores ante una apertura comercial).

Desde el punto de vista de un gobierno con deseo, voluntad y capacidad de cambiar, una decisión central es qué reformas implementar, pues por lo general se requieren varias. De ahí que la agenda, la prioridad, y la calendarización de las reformas sea uno de los asuntos más delicados que debe resolver el gobierno reformista. ¿En qué orden instrumentarlas? ¿Primero las más aceptables? ¿Las de mayor impacto sobre la población? ¿Las de beneficio más inmediato? ¿Las que eliminan más distorsiones? ¿Las que detonan más crecimiento económico? No hay una respuesta única a esa pregunta.

En todo caso, como las reformas significan ruptura, afectación de intereses, y beneficios para mayorías no organizadas, que no alcanzan a visualizar los beneficios de dichas reformas, el gobierno se ve en la necesidad de convencer de los beneficios de dichos cambios, para que lo apoyen, lo que a su vez crea expectativas de beneficios. Sin embargo, los efectos positivos tardan en llegar, lo que da lugar a un periodo inicial de expectativas frustradas, de desánimo y de rechazo a los gobiernos reformistas. Esa delicada etapa es la que México vive hoy.

Hay un dilema inevitable: en un régimen democrático no se puede reformar sin "vender" las reformas, lo que genera expectativas que luego se ven frustradas, dando como resultado la disminución de la popularidad del gobierno y de su jefe.

La encuesta de GEA-ISA divulgada ayer, deja claro que el país enfrenta esa situación. El balance de la popularidad de los tres principales partidos, aliados en el "Pacto", disminuyó 20% de marzo de 2013 a marzo de 2014. También se deterioró la de por sí baja aprobación del gabinete, de 48% a 29%, así como la aprobación del presidente, pues cayó a 29%, en comparación con 48% en marzo del año pasado. Las críticas están desatadas, explicable debido a que, como es de esperarse, todas las reformas han afectado intereses de muchos, que reaccionan, pero también prometen beneficios para muchos que no lo vislumbran. A esto se suma un desempeño muy negativo de la economía y una percepción de creciente inseguridad.

Afortunadamente, la no reelección presidencial ayuda a que los presidentes reformistas que entienden su papel se perciban relativamente inmunes al inevitable malestar que acompaña la primera etapa de los cambios. Eso les da la oportunidad de no aflojar, de no ceder, de no claudicar en el proceso de instrumentación.

Si bien todo esto responde al proceso descrito, eso no quiere decir que el gobierno pueda y deba permanecer impávido. Debe explicar, mucho mejor, y con veracidad, los beneficios, aunque dilatados, de las reformas, subrayar que esas bondades van a tardar, que lo importante es su efecto de mediano plazo, por lo que hay que persistir.

[email protected]