Selecciona tu región
Opinión

Domingo 5 de septiembre

REFLEXIÓN DOMINICAL

Por Pbro. Gerardo Gómez Villegas

-

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37): 

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.    

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete».

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Palabra del Señor

Lo primero que deberíamos advertir es que bien poco le costó al sordomudo ser curado por Jesús; se dejó llevar por otros ante él y no dijo ni palabra cuando estuvo en su presencia; fueron sus conocidos quienes quisieron presentárselo a Jesús que venía de camino y quienes pidieron en su nombre que le impusiera las manos; él aceptó de buen grado todo cuanto los demás hacían en su nombre; más que su propio interés fue la compasión de cuantos le rodeaban lo que logró su curación. Si para Jesús obrar milagros le basta con que le presenten a quien lo necesita, no se entiende bien cómo, a final de cuentas logra hacer tan poco entre nosotros: ¿por qué respetamos tanto a cuantos más queremos como para dejarlos solos con sus males, si Jesús podría sanarlos inmediatamente con tal de que se los presentáramos?

Más que el mandato de “ábrete” para los oídos de aquel hombre, se trataba de una sanación de raíz para él, pues le salvó de la soledad radical de quien vive sin poder comunicarse con sus semejantes. Lo que hizo Jesús con sus gestos fue que devolvió al hombre su natural capacidad de vivir en la comunidad, puesto que su sordera y mudez lo tenían condenado al aislamiento y a la marginación; el milagro de Jesús le devolvió su dignidad humana.

Jesús quiere hacer de nosotros hombres y mujeres capaces de escuchar y creyentes que sepan comunicarse; el hombre sanado por Jesús no puede ser un hombre incomunicado. Cuando más presente esté Jesús en la vida de nuestros amigos y familiares, tanta mayor será su capacidad de comunicación con nosotros. Encontrarse con Jesús lleva a reencontrar la palabra y la voluntad de escucha. El hombre sanado es un hombre que escucha y dialoga.

Leer más: Investiga tu interior

Necesitamos hoy hombres y mujeres que sepan comunicarse, que quieran decirnos su vida y la empleen para escucharnos; necesitamos de creyentes abiertos, que creen comunidades donde la palabra no se niegue a nadie y donde la atención esté asegurada. Si nuestra Iglesia, a todos los niveles, no logra ser una comunidad abierta, un lugar para la escucha del otro no será una comunidad sana ni, mucho menos, podrá considerarse cristiana. ¡A disfrutar la presencia de Dios en la Misa y en la familia! 

Síguenos en