Opinión

Domingo X del tiempo ordinario. Ciclo B

REFLEXIÓN DOMINICAL

Por  Pbro. Gerardo Gómez Villegas

Domingo X del tiempo ordinario. Ciclo B(Imagen ilustrativa/ Pixabay)

Domingo X del tiempo ordinario. Ciclo B | Imagen ilustrativa/ Pixabay

Evangelio Marcos 3:20-35

20 Después entró Jesús en una casa, y otra vez se juntó tanta gente, que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. 21 Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco.

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22 También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: «Belcebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos».

23 Jesús los llamó, y les puso un ejemplo, diciendo: «¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? 24 Un país dividido en bandos enemigos, no puede mantenerse; 25 y una familia dividida, no puede mantenerse. 26 Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin.

27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus cosas, si no lo ata primero; solamente así podrá robárselas.

28 «Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan: 29 pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón, sino que será culpable para siempre».

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30 Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro.

31 Entre tanto llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron afuera y mandaron llamarlo. 32 La gente que estaba sentada alrededor de Jesús le dijo:
-Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera, y te buscan.

33 Él les contestó:
- ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

34 Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, añadió:
-Estos son mi madre y mis hermanos. 35 Pues cualquiera que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Tras haber recordado los sucesos centrales de nuestra fe durante la celebración de la Pascua, volvemos a nuestras eucaristías dominicales, al tempo ordinario, que durará hasta el fin del año litúrgico.

Durante este período domingo a domingo, la Iglesia tratará de presentarnos actitudes y criterios de Jesús para que, confrontando nuestra vida actual con su voluntad, iniciemos, o continuemos, ese movimiento de asimilación de Cristo que es la vida del creyente. Y, para alentarlo, nos va a ir proponiendo la lectura casi continuada del evangelio de Marcos, un evangelio sencillo, pero que ofrece una visión de Jesús realista, a veces algo insólita, siempre radical.  

Un ejemplo de ello es, sin duda, la escena que nos ha descrito el texto de hoy; desde los inicios de su predicación, Jesús tuvo que enfrentarse a la incredulidad y el desdén no solo de sus enemigos, sino también de sus conocidos.

El Evangelio no silencia el hecho, un tanto sorprendente de que hubo un tiempo en que la familia de Jesús no tenía sobre él mejor opinión que sus detractores más acérrimos: si los enemigos de Jesús pensaron que estaba endemoniado, su familia creía que no estaba del todo en sus cabales.

Que hoy se nos recuerde este hecho puede dejarnos perplejos, escandalizados incluso: no cabe duda de que en la escena recordada sale malparada la familia de Jesús. Y, sin embargo, el episodio que recoge una situación real de la vida de Jesús, ha de resultarnos tan aleccionadora como actual.  

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Pues bien, no olvidemos que quien quiera de nosotros de verdad ser considerado familiar de Jesús deberá ser su fiel oyente: no hay más que una forma de hacerse su familiar: hacer la voluntad de Dios. Quien cumple el querer de su Padre es querido por Jesús como hermano. 

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