Opinión

Don Álvaro, un hombre de paz

LA VOZ DEL PAPA
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Por: José Martínez Colín

1) Para saber. El próximo 27 de septiembre será beatificado don Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Don Álvaro ha sido denominado como "un hombre que tenía paz y daba paz". Un testimonio es el del cardenal Palazzini, teólogo eminente: "De saberse hijo de Dios, surgían también en las circunstancias humanas más difíciles, aquella paz y aquella alegría. Ante la contrariedad o los peligros, sabía abandonarse confiadamente en Dios y de este modo conservaba una calma inalterable".

2) Para pensar. Es fácil hablar de la paz, pero difícil reaccionar con paz cuando somos ofendidos. Se precisa estar muy unidos a Dios. Recordaba Fernando Ocariz, vicario general del Opus Dei, que en una ocasión en que don Álvaro participó en una reunión de trabajo en el Vaticano, uno de los participantes contradijo con total falta de cortesía —por no decir de modo ofensivo— la opinión expuesta poco antes por Del Portillo. Él respondió a esa persona con tal paz, delicadeza y serenidad, que otro de los presentes en aquella reunión comentó luego, que aquel día se había dado cuenta de la santidad de don Álvaro.

3) Para vivir. Un colaborador de don Álvaro fue Tomás Gutiérrez. Afirmó que una cualidad suya "era la de tener paz y dar paz. Era un ejemplo ver cómo ante cualquier contrariedad, en circunstancias en las que normalmente uno reacciona con enojo, siempre reaccionaba con sentido sobrenatural, poniendo en las manos de Dios todo lo ocurrido". Un decreto sobre su vida declara que "era hombre de profunda bondad y afabilidad, que transmitía paz y serenidad. Nadie recuerda un gesto poco amable de su parte, un movimiento de impaciencia ante las contrariedades, una palabra de crítica. Aprendió del Señor a perdonar, a rezar por los perseguidores, a acoger a todos con una sonrisa y con plena comprensión" (Congregación de las Causas de los Santos). Podemos comenzar luchando por alcanzar esa paz que los santos nos enseñan para que podamos también, como invitaba san Josemaría, "ser sembradores de paz y de alegría".