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Duelo

EDUCACIÓN, HOY

Cualquier pasión implica sufrimiento, sobre todo para el ego, que siempre desea sentirse satisfecho. Cuando estamos apasionados, también nos quedamos ciegos y sordos ante la razón y por consecuencia no esperamos resultados diferentes a los seguros con anticipación. Por eso los golpes recibidos por la realidad son tan dolorosos porque jamás creímos que podía obtenerse algo distinto a lo que el corazón, ingenuo y bondadoso, nos dictaba. Algo así se vivió el domingo 29 de junio. El ego nacional fue herido de muerte, humillado y lastimado a más no poder por la derrota de un equipo de mexicanos a quien habíamos colocado en el lugar de la victoria antes de que esta llegara. Por 84 minutos, millones de mexicanos nos sentíamos confiados en que ahora sí, por justicia divina y terrenal podíamos arribar al ansiado quinto partido de un torneo mundial de futbol pero esto no ocurrió; 6 minutos antes del silbatazo final, la tragedia se repitió. Ante nuestros ojos, los jugadores dejaron de parecer humanos y se transformaron en bultos en estado de shock incapaces de recuperarse de la brutal estocada propinada por un misil que violó las redes del guardameta nuestro. Nadie lo esperaba… ni el presidente, ni el portero, ni el entrenador, ni el más humilde de los fanáticos urbanos o rurales que a esa hora sintonizaban el televisor con la esperanza a flor de piel de poder por fin aparecer en el mapa de los ochos mejores equipos de futbol del mundo. De nuevo la sentencia aborrecida brotó en la memoria: "jugaron como nunca y perdieron como siempre". Otra vez volver a empezar; regresar de nuevo a casa con las manos vacías y a repetir el círculo vicioso de la victimez, lamentaciones y confianza en el futuro. Los aprendizajes son enormes porque a pesar de todo,20 años después, la estatura promedio de los jugadores aumentó.

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