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Opinión

EL TIEMPO Y EL ESPEJO

Animal social

  • Animal social

Por Alma Rubí Cantú

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Hasta los 40 no hay edad, solo la vida por delante. Luego eres un rehén del calendario. Estoy en el cuarto nivel y me cuesta creer lo que veo en el espejo todas las mañanas: una imagen familiar, pero con cierta chispa de madurez y estabilidad, un poco menos ignorante de la vida—solo un poco—. Recuerdo que deseaba tanto ser mayor, con la misma intensidad con que ahora deseo ser más joven. No alcanzo a comprender que conocí un mundo sin teléfonos celulares, sin internet, sin computadoras y que Mr. Google no era mi memoria a corto plazo; que jugaba en la calle, bajo el cielo abierto, igual con frío o calor.

Con espíritu gozoso solemos festejar mi hija y yo nuestro aniversario. Nació en mi cumpleaños número veinticuatro—obviamente, ya saben quién acapara los regalos—. Hace dos años advertí que, en nuestra cena de cumpleaños, la mesera que hacía favor de atendernos le preguntó a mi niña a discreción cuántos años cumplíamos; ella con palabras ensayadas dijo dieciséis, pues sueña con su edad adulta, y mi mamá cuarenta. Aquella chica evitó hacer cualquier comentario, como si tuviéramos un pacto tácito de silencio. Recordaría esa escena horas más tarde, esa noche. Pensé por qué no me preguntó directamente mi edad, por qué me resultaba incómodo un suceso así —tan ingenuo, tan de buena fe —. Mi mente daba vueltas en sus propios recuerdos, la perorata de mi abuela se hizo presente: “Si llegas, saludas; si te vas, despídete… a las mujeres ‘mayorcitas’ no se les pregunta la edad”. Oficialmente a los ojos del mundo había atravesado la dolorosa frontera rumbo a la vejez.

La crisis de los cuarenta duró realmente poco y en la búsqueda del elixir de la eterna juventud encontré que la belleza se vende empacada; se unta, se inyecta, se toma y, para los más valientes, cirugías realmente invasivas; mil y una formas de borrar los surcos de la piel.

En nuestra burbuja mediática inundada por pantallas e impresionada por las redes sociales, nos hechizan con publicidad y anuncios de belleza de cuerpos esculturales e irreales como sinónimo de felicidad, éxito y salud. Nos presionan socioculturalmente para conseguir “cuerpos perfectos” y rechazar nuestra autoimagen. Las grandes marcas diseñan su publicidad para convencernos de que al comprar sus productos tenemos una maravillosa oportunidad de parecernos a esas fantasías resplandecientes que salen en sus comerciales y dejar de ser nosotros mismos. Saben de nuestras debilidades y las usan a su favor. Nos empujan a desafiar nuestros cuerpos y someterlos a innumerables transformaciones. El culto a la juventud y su desmesurada búsqueda por alcanzar la belleza y la perfección es una huida irracional de la inevitable e inexorable vejez.

El problema real es la insatisfacción. Nos aflige nuestra edad, nos molesta nuestro color de piel, nuestro sexo, los hombres quieren ser mujeres, las mujeres hombres, o ninguna de las dos; los viejos quieren ser jóvenes, los jóvenes llegar a la edad adulta. Tenemos una obsesión por ser otros, no nos basta con lo que vemos. La realidad duele; creamos ilusiones y, si no hay otra forma, con los filtros de alguna aplicación disponible, amamos a ese ser que no reconocemos.

Mañana mi hija alcanza su anhelada mayoría de edad y este animal social cumple 42 años, y aunque el cascarón está prontamente malogrado, estoy muy agradecida del tiempo vivido y la imagen del espejo. Mi cuerpo es frágil y vulnerable, pero hicimos un pacto de amor y aceptación con todo y nuestras inconsistencias.

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