Opinión

EPN en El País

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Por: Manuel Camacho Solís

El presidente ha publicado un artículo, La transformación de México, en El País que coincide con la entrevista que dio en el Palacio Nacional, realizada por Televisa y por periodistas muy conocidos, y coordinada por el director del Fondo de Cultura Económica. En el periódico defiende sus acciones con un discurso donde compara el Pacto por México con los pactos de la Moncloa de España. Su lógica busca convencer que está en marcha la transformación de México como fue la transformación que ocurrió en España en los años setenta.

La comparación de su estrategia con lo ocurrido en España dista de la realidad. Ese cambió fue un cambio de régimen político. Puso el final al régimen autoritario. El hecho principal no fueron los pactos de la Moncloa (que tuvieron un contenido económico de corto plazo), sino la reforma política a partir de cambiar la relación con la oposición real. En palabras del presidente Adolfo Suárez, "el momento decisivo fue ilustrado por una fotografía en La Moncloa, con Santiago Carrillo, quien representaba a la oposición real (comunista)". Esa decisión fue valiente al someter al antiguo régimen y abrir la oposición real a una nueva institucionalidad.

El Pacto por México no es un programa de cambio de régimen ni un pacto con la oposición que ha cuestionado las reglas institucionales. Es la realización del programa de los cambios tecnocráticos, que tuvo como prioridad la reforma energética, adornada con un discurso de derechos y la alusión a la justicia.

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El discurso del presidente vincula la transformación de México con un discurso tecnocrático, donde se enumeran las reformas que de tiempo atrás han sido reclamadas como la clave que harán crecer a la economía. Como si los cambios —económicos, sociales y políticos— dependieran del número de reformas constitucionales y legales que se han realizado.

El rigor económico no puede depender de la lista de las reformas. Como si lo que falta se podría mejorar con una reforma educativa-laboral. La competitividad se conseguirá mediante una reforma laboral que no ha dado los resultados ofrecidos. La reforma fiscal que ha logrado alguna mejoría en los ingresos, sin avanzar en la formalización de la economía ni cambiar el gasto público. La corrupción y el Estado de Derecho que han quedado relegados frente a las prioridades principales. Sin duda la principal prioridad ha sido la reforma energética.

La reforma energética ha cambiado de manera radical con las decisiones constitucionales y legales. Se mantiene la retórica de la rectoría y el control de petróleo estatal del petróleo, el gas y la electricidad. Pero los cambios reales son una privatización sin límites, con todos los riesgos que ésta implica y una regulación muy débil.

Por las declaraciones y la manipulación política se anticipa que el gobierno cerrará la consulta popular. Con independencia del debate jurídico, hay un problema político no resuelto: la mayoría de la sociedad ha estado en contra de la reforma energética y no se ha dado solución institucional a ese enojo social.

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Ante el desencanto de la gente y los cuestionamientos de la opinión pública, el discurso presidencial ofrece metas económicas para los próximos años. Sus compromisos son de carácter administrativo (te lo ofrezco y te lo cumpliré), incapaz de comprender la complejidad de los procesos económicos, sociales y políticos. El discurso presidencial tiene flancos débiles. Sus respuestas a la corrupción son muy débiles. La inseguridad se contiene.

La lista detallada de las reformas constitucionales y legales no resuelve. No incluye el compromiso a fondo con la rendición de cuentas, con otros poderes y la opinión pública. Lo que no está resuelto son la contención de la corrupción a los más altos niveles; la voluntad democrática que ponga límites a las viejas prácticas; la reconstrucción federalista sobre el centralismo; una operación eficiente; y un compromiso verdadero y convencido con la justicia social.

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