Opinión

Medir la felicidad

DESDE LA BARRERA

Por  Eduardo del Río

A partir de la crisis económica mundial de 1930, los países se autoimpusieron un sistema de medición de desarrollo como única herramienta para conocer sus índices de crecimiento y los factores que influyen en ellos. Se trata del Producto Interno Bruto (PIB), hoy cuestionado por muchos Gobiernos que buscan alternativas para guiar sus acciones.

Quienes critican al PIB como único parámetro en la toma de decisiones consideran que esta métrica no coincide con los modelos actuales. Recordemos que el PIB resulta de la suma del valor de bienes, inversiones y servicios en una nación o región, sin tomar en cuenta otros aspectos de vital importancia para el desarrollo personal de los individuos.

En 2009, a solicitud del entonces presidente francés Nicolás Sarkozy, los economistas Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi elaboraron una serie de recomendaciones para perfeccionar las herramientas de medición de crecimiento, establecer los límites del PIB y proponer nuevos esquemas en la materia que incluyan un concepto hasta hoy poco utilizado, que es el bienestar de la población.

Los expertos en esta última materia advierten que el desarrollo de una nación podría estar ligada al ánimo de sus ciudadanos y ello depende del crecimiento personal, la motivación, la seguridad física y económica, la práctica del deporte, la educación, una alimentación sana, la biodiversidad, su riqueza culinaria y su patrimonio, entre otros.

El mundo no dispone en la actualidad de un sistema de medición del bienestar y la felicidad. La primera experiencia de la que se tiene conocimiento se remonta a 1972, cuando el reino de Bután determinó no considerar el PIB como su criterio único y principal para cuantificar sus niveles de desarrollo. Esa nación se enfocó en un nuevo elemento, que es la Felicidad Nacional Bruta (FNB), un sistema que se basa en la salud, la educación, la diversidad ecológica, el buen Gobierno y el uso del tiempo.

Al igual que otras naciones, México carece de un conjunto unificado de métricas que le permitan calcular los índices de felicidad de sus ciudadanos. Más allá de la imagen informal que este instrumento podría tener -los economistas son hasta hoy escépticos-, la elaboración de criterios y esquemas propios, basados en experiencias internacionales, otorgaría a nuestro país la posibilidad de contar con elementos renovados para redirigir sus políticas de desarrollo económico y social.

Uno de los esfuerzos más avanzados en este ámbito lo encabeza la ONU, que año con año publica el Índice Global de Felicidad, en el que nuestro país ocupa, en el más reciente dato, el lugar número 23. Sin embargo, no se trata de una carrera por ocupar el mejor espacio, sino que dichas métricas tengan una incidencia en las políticas públicas de los países, cosa que, hasta hoy, no sucede. 

Segundo tercio. Qué mejor que la diplomacia para recoger los esquemas que actualmente existen en el mundo en materia de medición de felicidad para traerlos a nuestro país.

Tercer tercio. Fortalecida, la asociación Tauromaquia Mexicana reunió ayer a sus representantes nacionales para reiterar su compromiso con la difusión y defensa de la fiesta brava, una actividad que genera una derrama económica anual de 6 mil 900 millones de pesos. 

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