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Educación cívica y política

La figura del ciudadano se ha desdibujado. Su presencia, que debiera ser central en el proceso político, está deslavada, desfigurada y mal caracterizada en el teatro de la democracia mexicana. La reivindicación del ciudadano como elector de sus gobernantes y representantes era un paso indispensable para fundar sobre suelo sólido un sistema político que se rigiera por los votos. La ciudadanía lo exigió y las históricas movilizaciones de los años ochenta y noventa provocaron la ola que empujó a la democratización del régimen. La conquista fue contundente: los votos cuentan y se cuentan, los partidos políticos compiten y se alternan, la sociedad y los medios tienen acceso a información de lo que ocurre en las decisiones del poder como nunca antes lo habían tenido.

Pero el empuje de la democratización se diversificó y pulverizó en numerosas formas de activismo social que ahora son posibles gracias a las reformas del régimen. ONG's, redes sociales, nuevos medios de prensa y comunicación son realidad porque una parte de la sociedad con elevada conciencia cívica presionó con constancia y tino la transformación política.

Los antiguos dirigentes de la sempiterna oposición adquirieron estatus de nomenclaturas partidarias y de funcionarios del Estado. Bien por ello, se trataba de eso, de gobernarnos con pluralidad democrática y con un Estado al servicio de la sociedad. Pero el servicio se ha ido transformando en autoservicio. Basta ver las zacapelas que se arman cada vez que hay que sacar la ropa sucia de los cuartos del poder. En esto no hay distingo entre partidos ni entre las facciones en el poder.

Sin duda hay excepciones, pero ninguna instancia gubernamental o autónoma nos da información que nos haga saber a ciencia cierta si la corrupción y la connivencia son la regla o la excepción. Cuando se revisa la circulación de la "crítica" política en las redes sociales nos topamos con actitudes que distan de ser propiamente "cívicas" y se van por el tangente rechazo, la ira y el insulto. De ahí la preocupación por la trascendencia de la educación cívica.

La nueva ley retoma y fija la responsabilidad de la educación cívica en el INE. Como sabemos, las atribuciones que se le otorgan constitucionalmente fueron ampliadas a la selección de los consejeros locales y en la propuesta de ley se le dan las atribuciones de educación cívica de las juntas locales y distritales y de hacer campañas para evitar prácticas antidemocráticas, entre las que se puede mencionar el clientelismo, la coacción y compra de votos, entre otras.

Pero es necesario mirar más allá del ámbito electoral, conceptualizar la educación cívica como un esfuerzo político que una los esfuerzos de sociedad, universidades, gobierno, partidos políticos y medios de comunicación.

Sin ella no habrá disminución de la barbarie e incremento de la civilización que tanto hace falta ante el desbocamiento de un "México bronco" que no se proyectó sobre la política sino que se ceba insaciable en la sociedad misma. La institución electoral puede ayudar mucho en esta tarea. De hecho, puede encabezarla y promover en los ámbitos de la educación, la sociedad y los medios, campañas y procesos más amplios que mejoren la calidad del ciudadano. Si éste no es consciente de sus derechos, de las consecuencias positivas que tiene su ejercicio; si no se organiza y se confronta con los malestares públicos desde abajo continuará el gimo lastimero que circula por el país en contra de la política y de los políticos.

La legítima expectativa de un mejor desempeño de la política democrática no se conseguirá sin conciencia organizada de la sociedad. A las iniciativas de organización social debe corresponder una amplia alianza por elevar la calidad de la política de abajo hacia arriba.