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'El Coronel' y la esperanza

Una vida para nada. Asida a la esperanza. Rodeada por el aura de la derrota. Sin salida. Salvo la espera y el acompañamiento inercial de la esposa. Eso y mucho más es El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Un relato nostálgico sobre un mundo ido y un hombre cuya vida ya no tiene sentido ni futuro, pero que se aferra a dos ilusiones que difícilmente se harán realidad: el pago de la pensión de guerra a la que cree tiene derecho y el eventual triunfo de su gallo, que debe suceder en un futuro próximo, pero no inmediato.

Esa necia y persistente esperanza es el ancla del Coronel, lo único que le queda, lo que mantiene -aunque tambaleante- su orgullo invicto. Pobre y empobrecido, ha perdido recientemente a su hijo -quizá la otra esperanza-, y se mueve por el pueblo como una sombra, como un sonámbulo, y con un tesón digno de mejores causas, espera semana a semana la carta que le anunciará otra vida. Pero la carta no llega. Lleva años, décadas, esperándola; contratando abogados, porque ese comunicado puede y debe ser su pasaporte al reconocimiento, su compensación por los presuntos servicios prestados.

La esperanza depositada en el gallo de pelea es más ambigua, complicada. El gallo cuesta, le quita literalmente el pan de la boca a la pareja envejecida, pero es el otro candil de la ilusión. Herencia del hijo, insignia de orgullo, portador de sus esperanzas, es el bien más preciado del Coronel. No por lo que es, sino por lo que eventualmente será. El talismán que les cambiará la existencia, la apuesta de su futura redención. En un momento de flaqueza, acicateado por su mujer, el Coronel estará dispuesto a mal venderlo. Hay que comer, hay que vivir. Pero esa renuncia -lo sabe o intuye el Coronel- es imposible, porque es deshacerse del débil hilo que lo mantiene vivo.

Hay en la esperanza del Coronel algo heroico y aciago, un resorte que lo mantiene en pie y un yunque que lo incapacita para emprender algún vuelo. Es una esperanza que inmoviliza, petrifica, pero que mantiene en ebullición la posibilidad de un futuro mejor, otro, distinto... al que se tiene derecho. Mientras tanto, la soledad y el resentimiento en compañía de su esposa son su destino.

La esperanza del Coronel tiene mucho de resignación. Su suerte está atada a algo que debe suceder allá lejos y que en buena medida es responsabilidad de otros. O se encuentra anudada al brío y carácter de un gallo. La buena ventura que rodea las peleas de gallos o el favor de un gobierno distante y ajeno son quienes pueden transformar la rutina del viejo soldado -que en pocas batallas peleó- y su inseparable mujer. Un estoicismo patético fruto de la resignación es alimentado por el ensueño de que algo venturoso sucederá.

"Lo único que llega con seguridad es la muerte", pontifica alguien. El Coronel va a dar el pésame a una madre y observa pasmado el cortejo. La muerte de su hijo, acribillado en una "gallera" por repartir información clandestina, es la ausencia que lo acompaña. No obstante, la muerte no le llega a él. Es esa dilación la que hace más cruel y triste la larga espera. El final -intuimos- está a la vuelta de la esquina, pero mientras llega, el tedio en medio de privaciones de todo tipo es lo único que tendrá el Coronel. La muerte flota en el ambiente pero no se acerca, por lo pronto, a los dos ancianos que anudados esperan y esperan por una especie de milagro terrenal. En algún momento el Coronel dice: "todos mis compañeros murieron esperando el correo", lo malo para él, le recuerda su abogado, es que "no todos tuvieron la suerte de usted que fue coronel a los veinte años". Por ello, la espera es y será más larga. El relato, cargado de cálida ironía, devela la suerte de un hombre que luego de participar en una remotísima guerra civil, ha esperado toda su vida por una indemnización que tarda en llegar. Su mujer le dice que la muerte es un animal con pezuñas, pero esa bestia parece que los rehúye.

Sin embargo, puesto a optar entre la vida y la muerte, el Coronel sabe que no hay elección posible. "La vida es la cosa mejor que se ha inventado", dice, aunque nosotros al seguirlo dudamos de su dicho y de la convicción con la que lo dice. Su mujer desesperada, enojada, le reclama por las esperanzas depositadas en el gallo: "La ilusión no se come", le reclama. "No se come, pero alimenta", le responde el Coronel. Así suele ser la vida: transcurre entre la muerte y ese alimento volátil -etéreo- al que nombramos esperanza.

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