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El Grito

¿Quién lo iba a pensar? En México lo escuchamos desde hace tanto tiempo que ya no es novedad. Vaya, ni siquiera genera controversia. A algunos les causa pena, a otros molestia, a unos indignación, pero la mayoría de aficionados y comentaristas lo toman como un elemento más del folclor del futbol de la Liga Mexicana, que la hace un poco menos soporífera y aburrida.

Y de repente apareció en el escenario del Mundial. En cadena internacional, transmitido a todos los rincones del mundo, el grito mexicano causó curiosidad. Intrigados, los aficionados ya estuvieran en el estadio o pegados a su televisor, se preguntaban qué decían los hinchas mexicanos. Por lo visto no es muy frecuente que se le grite algo al portero del equipo contrario cuando despeja.

No habrá faltado algún amable (u ofrecido) que lo haya traducido. Bien o mal, porque no es una palabra que tenga el mismo significado para todos. Y sin el tacto que caracterizó alguna vez a un presidente mexicano que cuestionado por su contraparte costarricense, con quien veía un México-Costa Rica en el estadio Azteca, le contestó muy serio que la fanaticada mexicana le gritaba "¡Duro!" al portero visitante.

Hoy, El Grito (así, con mayúsculas) ya es todo un fenómeno y un escándalo internacional. Las fanaticadas de otros países lo copian. ONGs lo denuncian ante la FIFA, que promete investigar. Y los mexicanos se toman MUY en serio el asunto, ya para defender o para denostar la grosera expresión. Las redes sociales han explotado con la discusión en torno al significado de la palabra, de su intención. De repente las palabras homofobia y discriminación se meten a las conversaciones futboleras, y leemos de todo: comentarios serios, profundos, solemnes, irreverentes, ofensivos, humorísticos, sarcásticos, insolentes. Hay quien se ríe, hay quien aprovecha el pretexto para repetir una y otra vez la palabra, frente a sus amigos, sus jefes, sus hijos, sus papás. Una palabra que era en alguna época sólo apropiada para los barrios bravos o las cantinas está en todos lados. Nadie ha dejado de oírla, y no me refiero a los partidos de futbol.

En el fondo de todo este debate hay un asunto muy serio, que tiene que ver lo mismo con el significado de las palabras que con la intención de quien las pronuncia y de quien las escucha o interpreta. Tiene que ver con homofobia y discriminación de la misma manera que tiene que ver con libertad de expresión, con sentido del humor, con irreverencia. Y, siempre y desde donde se le vea, con el significado verdadero de las palabras.

He leído todo tipo de opiniones y expresiones. He conversado el asunto con mis amigos, con personas cuya inteligencia y sensibilidades respeto. Y lo que escucho es un profundo desacuerdo en torno a lo que El Grito realmente quiere decir.

Yo tengo sentimientos encontrados. Quienes me conocen saben que me opongo a todo tipo de discriminación y que respeto y apoyo abierta y públicamente todo lo que amplíe y mejore los derechos y el lugar en la sociedad de los homosexuales.

Al mismo tiempo, aprecio y valoro el espíritu juguetón que tenemos los mexicanos con el lenguaje. Y no todas las groserías y leperadas tienen necesariamente un significado discriminatorio.

Pero en este mundo moderno en que la corrección política a veces se adueña de las conversaciones públicas y privadas, creo que si hay que equivocarse debe ser siempre del lado de las libertades, de la posibilidad de decir antes que de callar.

Y, para quien piense que le tuve miedo a la palabrita famosa, les aclaro que no la usé una sola vez en este texto sólo para demostrar que no hace falta repetir la grosería como infante travieso.

Lo que sí hace falta es tener la libertad de usarla si uno quiere.