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El Leviatán de oropel y la Tercera Hermandad

POLITEIA

Hace poco más de un año, por allá a principios de febrero de 2013, hicieron su presentación en sociedad los primeros grupos armados en Michoacán y Guerrero que, según sus proclamas, se propusieron recuperar la paz y tranquilidad que les había sido confiscada por grupos delincuenciales vinculados al narcotráfico, y que en esa condición le disputaban al Estado el monopolio de la violencia legítima. Eran los llamados grupos de autodefensa o policías comunitarias.

Estados de alta conflictividad social, en permanente crisis de gobernabilidad y sin estabilidad política institucional, la emergencia de estos grupos para llenar el vacío de autoridad de un gobierno fallido, no podía sino ser vista con preocupación e inquietud. No fuimos pocos los que advertimos el riesgo de que al amparo de una lucha de alto valor cívico, se produjese una infiltración de los grupos de autodefensa por parte de las bandas criminales, con la consiguiente desnaturalización de los propósitos y objetivos de una lucha noble.

Desafortunadamente, a ese punto se ha llegado. Ahora hay "grupos de autodefensa" y "auténticos grupos de autodefensa", unos y otros infiltrados por el crimen organizado, según advierte un estudio de seguridad nacional, algunas de cuyas consideraciones fueron publicadas recientemente en un diario de cobertura nacional, y sobre lo cual había advertido también hace ya algunos meses, una investigación de la empresa Stratfor. Lo que se advierte, así, en estos días, es una recomposición de grupos, el establecimiento de nuevas alianzas, y la pervivencia de dificultades para mantener la paz y la tranquilidad en esta parte del país.

De acuerdo con la ruta crítica establecida, a mediados de este mes deberá concluir el desarme de los grupos de autodefensa en Michoacán. Ojalá se logre. Pero me temo que ese vacío dejado durante largos años por el Estado mexicano y que ha terminado por configurar un territorio sustraído al imperio de la ley, seguirá siendo llenado por las bandas criminales —en cualquiera de sus presentaciones—, y los efectos perniciosos y nocivos de una política gubernamental de dejar hacer y dejar pasar en la región, seguirá pasando sus costos políticos y sociales a la vida institucional.

El Estado mexicano, este Leviatán de oropel, precario en la dimensión local y regional, subrogó a grupos armados ilegales la provisión de un bien básico como es la seguridad, lo que originó una serie de complicidades circulares y una tupida red delincuencial que arraigó en todo el territorio y que es ahora prácticamente imposible de desmantelar. Es en este ambiente en el que surge la nueva agrupación delincuencial –advierte el estudio de seguridad nacional– conocida ya como La Tercera Hermandad.

La Tercera Hermandad, conocida ya también como H3 es, de acuerdo con estos reportes, un nuevo cártel integrado por miembros de grupos de autodefensa y células de narcotraficantes, que han terminado por establecer un nuevo sistema de vasos comunicantes y configurar un nuevo liderazgo que expresa un equilibrio inestable para seguir disputando al Estado el monopolio de la violencia legítima.

La desgracia es que una parte importante del territorio michoacano, con el riesgo de que se extienda a Guerrero, seguirá siendo una zona degradada, al margen de normas elementales de convivencia civilizada.

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