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"El Mago" Cuarón: definidores, usos y gratificaciones

El tratamiento de medios y políticos a la aparición en el escenario del debate legislativo del laureado director de cine Alfonso Cuarón, forma parte de un equívoco: el de asignarle sin matices el título de ciudadano, como si se hablara de un particular, en conversación con sus iguales y plantándose desde allí ante el poder político.

La realidad es que, aunque quisiera, Cuarón ya no es parte de la "gente común". Se trata de un actor público con el rol que Max Weber les atribuyó históricamente al mago, al sacerdote, al profeta y al intelectual, a los que habría que agregar hoy a la gente del espectáculo y a otros actores de consagración mediática. Ellos convocan expectativas diversas, especialmente la de darle sentido a realidades cargadas de incertidumbres. A lo largo de la historia estas figuras se han inscrito en los juegos de poder de los intereses en pugna, pugna que en el México de hoy se da entre quienes promueven las reformas estructurales y quienes resisten a esos cambios.

Adicionalmente, este destacado hombre de cine —el primer gran medio de comunicación masiva del siglo XX— es por lo mismo un destacado actor social que, en la teoría de establecimiento de agenda, ha pasado de fijar los temas de conversación del público en el mundo del espectáculo, a asumir el rol de definidor primario de la agenda del debate político, a través de medios en los nuevos campos de batalla en que se discierne el control de los territorios de poder (Bourdieu).

FUEGO CRUZADO

Mal hacen algunos en cuestionar los derechos ciudadanos del "Ciudadano Cuarón", incluyendo el papel que en este episodio ha elegido de supervisión de los actos del poder político. Ambos derechos son incuestionables y los ha ejercido, además, con una también incuestionable eficacia, como lo prueba el hecho de haber provocado reacciones, lo mismo del activista político más modesto, que del presidente de la República; del comentarista del medio local, hasta de la prensa de la globalidad.

Pero asimismo es incuestionable que una vez habilitado como combatiente en este campo de batalla, el cineasta ha quedo expuesto al fuego cruzado. Y allí están las bazukas del bando en que quedó colocado: el que se opone a las reformas, sea por convicción, intereses creados o cálculos políticos, y que ha erigido al cineasta en la voz de la epifanía democrática, en la encarnación del ideal ciudadano capaz de estremecer, con su carisma, los cimientos de la representación política que legalmente hoy procesa la legislación a debate. Y están también los tiros de respuesta de quienes recelan del súbito interés en México de un gran manejador de medios que le negó a su país la mínima mención al recibir el Oscar, una de las ceremonias de mayor rendimiento mediático global, en contraste con Cate Blanchet, la mejor actriz que no le escatimó mensajes de amor y reconocimiento a su Australia.

OTRO MAGO

Y están finalmente los dardos de las teorías conspirativas que presumen que este campeón del manejo escénico se prestó a actuar sus dudas sobre la reforma energética para dejarle al presidente y sus oportunas respuestas el papel del gobernante interlocutor con el ciudadano, en un "juego de simulaciones" para el lucimiento presidencial, según lo registra Proceso del domingo.

Hay un último concepto de comunicación aplicable al fenómeno Cuarón: el de "usos y gratificaciones" de los medios, de acuerdo al cual habría un uso de esta figura mediática por quienes requieren de una voz con carisma que les dé sentido ante las incertidumbres que acarrean los cambios. Pero está también el uso de esta figura carismática al habilitarla como aliada mediática de los intereses que resisten a esos cambios. Yo me quedo con las gratificaciones que ofrece el cine de este mago de la imagen, así se proponga ahora trucarse por el mago de la antigüedad de Weber o su equivalente actual: un discutible ciudadano idealizado para obstaculizar las decisión de la representación política formal.

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