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El Mundial y otras cosas

El balón se echó a andar. Formalmente inaugurado, este 12 de junio, el Mundial de Futbol Brasil 2014 hará que millones de personas en el planeta dediquen parte importante de sus días y de sus horas a seguir, con pasión, los partidos que disputarán las naciones en los estadios que Brasil construyó o acondicionó para recibir a los equipos y sus aficionados durante las próximas cuatro semanas. México juega hoy su primer partido contra la selección de Camerún. El encuentro está programado en el estadio das Dunas, en la ciudad de Natal, a las 13:00 horas tiempo local. Veremos si los jóvenes seleccionados por Miguel Herrera se rebelan y sobreponen a los peores augurios que colocan a México tan lejos -en un rango de probabilidades entre 1.2 y 0.5 por ciento- para llegar a la final.

La inmensa maquinaria comercial y deportiva que opera durante un Mundial alcanza niveles espectaculares, con cifras globales que rozan los 200 mil millones de dólares, según el número especial publicado por la revista Forbes. Se juega tanto en un Mundial que los expertos recurren a las matemáticas, la ley de probabilidades y todo tipo de recursos que permitan vislumbrar, por anticipado, el comportamiento en la cancha de los jugadores.

Bloomberg creó un modelo predictivo en el que a México le concede pasar a la segunda ronda. Después -afirman- se enfrentarán a España, "perderá uno a cero y se despedirán". A la final llegará España, dicen, pero será Brasil quien logre su sexta copa. Reuters hizo su Breakingviews, cruzó datos como el valor de transferencia de los jugadores, el tamaño de la población del país analizado y hasta la participación y disposición del público frente a su selección. Según este modelo, Alemania será campeón, Brasil tercero y México saldrá desde la primera ronda.

El futbol involucra muchas cosas y todo tipo de intereses, pasiones y expresiones de poder: por los derechos de transmisión, por campañas multimillonarias; por las audiencias; por las batallas que se despliegan, por los muy variados sentidos de pertenencia. Para algunos, el futbol es el gran distractor de la población. En el símil de lo que decía Marx sobre la religión, para algunos el futbol es el "el opio del pueblo". Para otros, el futbol es una gran fiesta y no hay razón para no involucrarse en ella.

Eduardo Galeano, el entrañable escritor uruguayo, critica a los intelectuales que critican a los fanáticos del futbol: "como si hubiera gente señalada por el dedo de Dios, para decir cuáles son las alegrías permitidas y cuáles no". Dice que, para la derecha "el futbol era la prueba de que los pobres piensan con los pies", y para la izquierda "el futbol tenía la culpa de que el pueblo no pensará. Esa carga de prejuicio, hizo que se descalificara una pasión popular". Se puede pensar del futbol lo que se quiera. Lo que no está a discusión es que el desarrollo del Mundial atrapa la atención de millones de personas. Que, en los días y semanas en que se desarrolla un Mundial, se relativizan los demás asuntos en el interés de las personas. La atención o participación que la gente pueda poner en otros temas, o asuntos del interés general, notablemente disminuye o, incluso, desaparece. El Mundial acapara tiempos y espacios en los medios de comunicación.

En países como México, que tienen una población mayoritariamente futbolera, se da por sentado que el Mundial eclipsará al ya de por sí eclipsado debate sobre otros temas, como la reforma energética, la política, la de telecomunicaciones o algún asunto del interés general. Por eso causa malestar que se pretenda hacer coincidir la aprobación de las leyes secundarias con las fechas de los partidos del Mundial. Suficiente fue ver que se aprobara la reforma constitucional más importante y profunda en las últimas décadas, el mismísimo 12 de diciembre, para ver ahora aprobarse sus leyes secundarias y otras también trascendentes en pleno Mundial. ¿Quién duda que lo hacen para que haya menos ojos que vigilen, menos gente que pregunte y tener una opinión pública más bien distraída?

Aunque el senador Penchyna diga que discutir el tema es un asunto "de idiotas", lo cierto es que no es un asunto cualquiera. Es una señal de cómo, en el fondo, hay desdén de la clase política hacia la población. Arrogancia política, pues. Eso es lo que queda. En lugar de ciudadanos participativos y deliberantes preferirían idiotas -a la manera de los griegos-, es decir, personas que se ocupan de sus propios asuntos, pero que no discutan en el ágora y no se ocupen de los asuntos públicos, de preferencia.

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