Opinión

El acto fotográfico como violencia

AKANTILADO

Por: Irad Nieto

Pocas veces uno se encuentra con libros tan estimulantes, en lo intelectual y literario, como Retrato involuntario (Tusquets, 2014), de Marina Azahua (Ciudad de México, 1983). Los ensayos reunidos en este tomo concentran y demuestran las virtudes de la formación de su autora: narradora, historiadora y ensayista. Su prosa es cuidada e imaginativa; construida mayormente con oraciones breves, precisas y, en ocasiones, contundentes. En sus ensayos, muy bien documentados por cierto, las ideas se expanden por los imprevisibles caminos que toma la imaginación literaria; pero ésta, mientras avanza, no se pierde: se detiene aquí y allá para entablar diálogos creadores con el pensamiento; y así lo ilumina. Aquí la invención no se desborda y el pensamiento no se autocontiene por muros impuestos desde afuera. Alguna vez leí, si no es que imaginé, una entrevista con un editor de The New York Review of Books en la que este relataba algo que llamó mi atención. El editor solicitaba a sus colaboradores que en sus ensayos críticos contaran una historia: los lectores están ávidos de sumergirse en historias que los vuelquen a la reflexión. Y esto es precisamente lo que Marina Azahua sabe hacer en sus ensayos: contarnos historias que surgen de una imagen fotográfica, ya sea porque la antecedan o sucedan en el tiempo (histórico o imaginario). Su agudeza no sólo consigue describir minuciosamente lo retratado en la fotografía, sino también arriesgar relatos posibles sobre lo que vemos y, sobre todo, lo que no vemos ahí. "Las fotografías son detalles. Por lo tanto, las fotografías se parecen a la vida", escribe Susan Sontag. La de Marina es una pulida inteligencia del detalle que nos arrastra a vivir la imagen fotográfica y su contexto, a interrogarla por su verdad y también por su ficción. Un retrato involuntario es aquel que se produce sin el consentimiento del retratado. El fotógrafo y la cámara se le imponen, en un acto violento; al capturar una imagen sin consentimiento, la roban, saquean al otro en un instante. "Si uno observa los movimientos de un ser humano en posesión de una cámara (o de una cámara en posesión de un ser humano), la impresión es de alguien al acecho…" (Vilém Flusser). En los retratos involuntarios la producción fotográfica se asemeja perfectamente a un acto de cacería, al despliegue de una persecución. La fotografía es el trofeo de la caza, y la presa yace indefensa en el silencio de la imagen hasta que la interpelamos. En todo acto fotográfico hay una dinámica de poder que implica al fotógrafo y su arma, al fotografiado y al espectador de la imagen. No obstante, cuando observamos una fotografía nos centramos en lo retratado, pocas veces en la producción de la imagen. Pensamos la fotografía únicamente como un objeto, un documento, cuando en realidad se trata de un acto social. Una manera de mirar (Susan Sontag), de encuadrar, de representar y crear realidades. Lo que Retrato involuntario se propone, y lo consigue, es volver la mirada hacia "la manera como han sido 'hechos' algunos retratos involuntarios a lo largo de la historia de la fotografía…". Todas las imágenes analizadas comparten una manera de mirar a los retratados que los cosifica, los deshumaniza. Procesos de fotografiar que también fueron actos de barbarie, robo, imposición, "des-ser", cacería. Abrir los ojos a la producción social de los retratos involuntarios, ir más allá de su contenido, nos exige centrar la mirada sobre ellos como un preguntar, lanzar redes de interrogación al contexto violento que los hizo posibles, re-conocer a los retratados, sacarlos del anonimato, devolverles la mirada, el nombre, la dignidad humana y la libertad que les fueron arrebatados por el acto fotográfico. El libro de Marina Azahua responde a esa exigencia, a ese desafío, con una gran imaginación e inteligencia hacia esos detalles de las fotografías que tanto se parecen a la vida.

Twitter: @IradNieto