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El arte del asador

Per saecula saeculorum

Ha pasado una Semana Santa más y, por ende, una experiencia que es extremadamente placentera para los hombres, una satisfacción más que le suma puntos a su hombría, a su virilidad; y no crean hablo de relaciones amorosas, ni es mi intención alburearlos, ya que me refiero cien por ciento a una de las comidas o cenas más representativas de estas fechas que acaban de pasar: la carne asada. Repito, esta actividad es en la que mejor se reflejan las virtudes culinarias de los hombres a partir de que el novio, el sobrino, el primo, el tío, el esposo o el suegro se ofrecen como voluntarios para hacerla, se desencadena una secuencia de acontecimientos que nos dejan con el ojo cuadrado, pues no es nada fácil el paquete, conlleva un sinfín de detalles que bien llevados a cabo coronan al chef como el éxito y la bendición de la Semana Santa. Todo empieza con limpiar el asador y sacar el carbón, tarea ruda para una dama, por lo que ella sólo saca los instrumentos de limpieza, la cebolla, la grasa, el aceite y los utensilios. Previo a esto se espera que haya ido al supermercado a comprar las tortillas de maíz, de harina, el queso, las cebollitas y demás. Mientras aquello de la raspada de la parrilla surte efecto, la dama se sumerge en la cocina para picar las verduras, tatemarlas, licuarlas y preparar la salsa y el guacamole, las quesadillas y los tacos de frijol. Después de la heroica tallada del asador, en la que el hombre ya está sudando y mandando a saludar a mil mamacitas, la mujer en la comodidad de la cocina empieza a colocar la sal, la pimienta, el sazonador, las salsas y demás condimentos sobre una charola, la cual le lleva al hombre que está tomando una cerveza frente al reto mas grande de la noche: el asador con carbón; que si es de mezquite, que si está mojado, que si es leña, que si se humedeció, que si lo prende con alcohol, con gel, con un cheto, con servilletas... el caso es que manda a la mujer a cortar media lata de refresco para iniciar una pequeña fogata. Esta le hace caso y rápidamente se devuelve a la cocina y con el tiempo restante en sus manos decide preparar una rica ensalada o freír los frijoles. La mujer usualmente termina y su mente le recuerda que no hay nada dulce para el final, por lo que decide preparar un rico postre, sacar los chocolates, el flan o abrir una lata de duraznos en almíbar. Cuando sale a colocarlos sobre la mesa, el hombre ya lleva varias cervezas, cigarros, cotorrea con los demás machos y se olvida del asador, hasta que la mujer le recuerda que ponga la carne antes de que se le desintegre el carbón. A regañadientes deja su posición cómoda y pone la carne sobre el asador y con la seguridad que un buen chef posee pregunta: "¿Quién la quiere termino medio, tres cuartos o muy asada?"… a murmullos se oyen las risas. La mujer y sus compañeras, amigas, invitadas o acomedidas, se disponen a poner una bonita mesa, lugarcitos, mantel, cubiertos, a sacar los refractarios donde se van a depositar los tacos, las cebollitas, la carne y los huesos. La fémina sale nuevamente y le recuerda al hombre que ya voltee la carne o la saque antes de que se carbonice. El hombre la escucha, le hace caso y saca la carne para proveerle a su mujer, quien ya tiene una tabla lista, el machetón con el que se pone a picarla, a quitarle los cueros, los huesos y a depositarla en su refractario junto con las múltiples salsas, las cebollitas, el guacamole, las tortillas, las quesadillas y la ensalada. Todos muy contentos se ponen a comer, la mujer ofrece bebidas y las sirve; mientras algunos se empiezan a quejar porque se les fue la mano, está muy cruda o muy cocida, otros lo felicitan; el chef reniega, no es su culpa, es de la mujer, que para el final de cuentas ya está recogiendo los platos, los vasos, los cubiertos, sirve el postre, saca galletas y prepara café. El hombre sigue con su cerveza, la mujer le pide que apague el carbón mientras ella lava todo y limpia la cocina; las brasas siguen ardiendo hasta el siguiente día que se despiertan y el hombre le pregunta a la mujer: "Vieja, ¿disfrutaste el no haber tenido que cocinar hoy?...". Por la mueca de su mujer el hombre concluye: "Ches viejas, jamás estarán satisfechas, malagradecidas ¿Quién las entiende?". Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

22.- Ante su mueca de desdén, el hombre concluye que las mujeres jamás estarán satisfechas. Pi... viejas malagradecidas... ¿quién las entiende?

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