Opinión

El block y el bolígrafo del periodista

POLITEIA

Por: César Velázquez

Hace unas cuantas semanas, en mayo pasado, se entregaron los premios Ortega y Gasset de periodismo en España. En la ceremonia, el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, pronunció un discurso que sonó como un pistoletazo en medio de un concierto: frente a los discursos políticamente correctos, llenos de lugares comunes acerca del papel de los medios, de los periodistas en la sociedad, y de sus relaciones con el poder, con los poderes, su voz restalló para recordar algunas verdades básicas que tienden a olvidarse.

"El único freno que conocen el político, el financiero o el contable, son el block y el bolígrafo del periodista", planteó Pérez-Reverte, en línea con lo que ha sido un consenso más o menos extendido en el mundo moderno, en el sentido de que los medios no son un poder más, sino un contrapoder cuya función es limitar los excesos y arbitrariedades del poder, sea este legal, institucional, extralegal o ilegal.

Y todo poder lo que menos requiere es un contrapeso. Sin embargo, las cosas son como son, y el margen de libertades que se ha conquistado, la consideración del derecho a la información y el derecho de acceso a la información como derechos humanos, nuestra propia inserción en el mundo global como una sociedad moderna, hacen prácticamente irreversibles conquistas que son patrimonio colectivo, porque todos hemos hecho aportes para asegurar una convivencia civilizada en el marco del Estado de derecho.

Sin embargo, siempre estarán presentes pulsiones autoritarias. Lo están en las sociedades más desarrolladas, y con más razón en las que tienen una corta andadura democrática. Refiriéndose al caso de la experiencia española, el autor de La reina del Sur habría de apuntar que "nunca en esta democracia se había visto un maltrato tan grande contra la prensa libre, culta, lúcida e independiente", que en no pocos casos se ve obligada por miedo a imponerse métodos de autocensura.

La aprobación ¡unánime! por el Congreso de las reformas a la ley orgánica de la Procuraduría, que limita la cobertura de asuntos de seguridad y justicia, y remite a los periodistas para su información a los boletines de prensa, es grotesca y llamaría a risa si no fuera por el riesgo que significa para el ejercicio de las libertades. Afortunadamente, las rápidas reacciones y posicionamientos críticos de diversos sectores sociales, permiten asegurar desde ahora que esa (contra)reforma no tiene futuro.

Frente a estas manifestaciones, desde el poder se ha reaccionado con sensibilidad. El gobernador, en principio, dijo que no es intención de su gobierno cometer excesos y mucho menos coartar el ejercicio periodístico en Sinaloa, en tanto que desde el propio Congreso se advierte la posibilidad de modificar el ordenamiento de marras, y dar marcha atrás a una regresión antidemocrática y autoritaria propia de sociedades cerradas.

Llama la atención que otra vez el alcalde de la capital se vaya de bruces, pues mientras el gobernador, el líder del Congreso, el secretario general de Gobierno, abren el camino a corregir el entuerto, aquél diga que seguirá al pie de la letra la ley que limita el trabajo de los periodistas. Esta muestra de intolerancia y lo que le sigue en nada abona al carácter progresista de la ciudad capital.

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