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El cerebro y la inteligencia emocional

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

En estos tiempos de tantos avances de la ciencia y la tecnología, se nos abren grandes oportunidades para comprender mejor muchos de los procesos que vivimos. Particularmente, los avances de las neurociencias encargadas del estudio del cerebro, han arrojado mucha luz al desarrollo del ser humano y a la formación de su sana personalidad, de su salud mental. De manera muy general, hay que saber que el cerebro tiene a su cargo todo lo que se relaciona con nosotros, desde el movimiento voluntario de las partes de nuestro cuerpo y las funciones automáticas como el latir de nuestro corazón y la circulación de la sangre, hasta nuestras reacciones emocionales y las funciones de alto nivel, como el pensamiento, la memoria y el aprendizaje, entre muchas otras. Esto significa que nuestro cerebro tiene secciones particulares desde donde se regulan y se generan las funciones que nos mantienen vivos, y que nos permiten participar en la vida, tanto de manera personal como interpersonal. Algunas de estas funciones están relacionadas con el desarrollo del ser humano desde el momento de nacer y en adelante. Ya se sabe y se ha dicho en mucha de la literatura conocida, sobre el desarrollo de los niños, que los primeros tres años de vida son fundamentales. Y todo esto se ha podido establecer de muchas maneras, como a través de estudios del comportamiento, haciendo hipótesis y comprobándolas, tomando la información que se tiene del proceso de crecimiento y evolución del niño, y con la información científica que se tiene del cerebro, como órgano central y responsable que alberga la mente de la persona. No obstante, ahora que la tecnología permite "ver" al cerebro, tomarle fotografías de alto nivel que revelan no solamente su anatomía, sino su actividad a través de sus células (llamadas neuronas), los hallazgos son sorprendentes. Se sabe que el cerebro de un niño al nacer apenas tiene un 25 por ciento de madurez. Aun cuando ya está formado, le falta madurar. Ahora es posible ver un cerebro de un niño atendido de manera consistente por su madre, y compararlo con el de un niño en condiciones de abandono o de abuso; y pueden observarse las áreas y regiones del cerebro donde se puede ocasionar un "daño", en términos de una falta de maduración. De esta manera podemos comprobar que los padres, a través de nuestros cuidados para el niño, podemos colaborar a la maduración de su cerebro, y un cerebro maduro garantiza la probabilidad de un elevado nivel de inteligencia emocional. Por ejemplo, no pueden esperarse reacciones moderadas de un niño con un cerebro inmaduro. ¿Cómo podemos ayudar a madurar el cerebro de nuestros hijos? Aun cuando este tema puede abordarse de manera extensa y minuciosa, intento compartir algo de lo que resulta más importante: comunicación. Atención a las necesidades y límites. La comunicación deberá ser oportuna, clara y honesta. Si un bebé se despierta llorando porque escuchó un ruido, habrá de decírsele la verdad en ese momento, "te asustaste". Si un niño nos ve enojados y nos pregunta si lo estamos, habremos de decirle "sí, estoy enojada". De acuerdo a la edad, el niño siempre tiene derecho a la verdad. En el cerebro se localizan las áreas donde se comprende lo que se dice, pero también lo que no se dice; y si el niño no escucha la verdad, su cerebro guardará un caos dentro de si, que no ayudará a su adecuada maduración. La atención a las necesidades implica que los padres estén enterados de cuáles son, estar disponibles para cubrirlas y saber que el cerebro registra dicha satisfacción y lo ayuda a madurar. Y los límites, que representan un "seguro de vida" para el futuro del niño, y que ayudan a que el área frontal del cerebro madure, área que favorece la voluntad, la autorregulación y la toma de decisiones. Criar y formar a un niño, es un reto que casi todos los padres deseamos poder acometer, con el mayor de los éxitos; y en la actualidad ya podemos contar con mayores recursos. La tarea es abrirnos a lo nuevo, estar informados, dispuestos y disponibles.

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