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El derecho de los niños a la alegría

UN CAMINO AL CRECIMIENTO

En el mes de abril es inevitable no pensar en los niños. Así pues, aprovecharé el mes para dedicarle atención a lo que es justamente el enfoque de esta columna: hablar de la educación, hablar de los padres, hablar de los niños… ¿Cómo ayudar a nuestros hijos a conservar sus aptitudes para la alegría? Para abordar el tema, es necesario saber que un niño, al nacer, trae consigo todo lo necesario para vivir la alegría. De hecho, un niño sano, cuando nace, es todo lo que después vamos buscando en la vida: alegre, espontáneo, curioso, amoroso, abierto, sensible, expresivo… Muy pronto lo va dejando en el camino; como efecto de la "educación" y el acondicionamiento, se van reprimiendo estos aspectos naturales en el niño y, después, al llegar a la vida adulta, esto se ha olvidado. Se nos olvida la alegría, la espontaneidad, la curiosidad, la capacidad de ser amorosos, nuestra apertura, nuestro derecho a sentir y a expresarnos. El niño maravilloso y natural que una vez fuimos ha quedado atrás y es necesario ir a recuperar lo que se dejó en el camino, si es que queremos volver a sentirnos felices, sanos y con ganas de vivir. La aptitud para la alegría es una dimensión importante de la inteligencia emocional y, por supuesto, de la felicidad. Si bien es cierto que la felicidad es un concepto subjetivo y que cada uno considera según su perspectiva, la alegría es uno de sus componentes. Hoy en día es muy frecuente encontrar adultos y niños en cuyas vidas cotidianas la alegría está ausente. ¿Qué se puede hacer para que un niño conserve su aptitud natural hacia la alegría? Lo primero que hay que hacer es estar atentos a no reprimir sus expresiones de alegría y, luego construir nuestra propia vida de modo que seamos lo más feliz que nos sea posible. O sea, si queremos que nuestros hijos conserven su alegría, deberemos mostrarles la nuestra. Cuando los niños tienen que cargar con las tristezas, las insatisfacciones, las frustraciones o la depresión de los padres, no son libres para ser felices. La ausencia de alegría caracterizará su vida cotidiana y no resultará raro que estos niños vivan enfermos o la vida no les interese. ¿Para qué vivir si no hay amor o alegría a su alrededor? La aptitud para la alegría es una dimensión importante de la inteligencia emocional y, por supuesto, de la felicidad. Si bien es cierto que la felicidad es un concepto subjetivo y que cada uno considera según su perspectiva, la alegría es uno de sus componentes. Hoy en día es muy frecuente encontrar adultos y niños en cuyas vidas cotidianas la alegría está ausente. ¿Qué se puede hacer para que un niño conserve su aptitud natural hacia la alegría? Lo primero que hay que hacer es estar atentos a no reprimir sus expresiones de alegría y, luego construir nuestra propia vida de modo que seamos lo más feliz que nos sea posible. O sea, si queremos que nuestros hijos conserven su alegría, deberemos mostrarles la nuestra. Cuando los niños tienen que cargar con las tristezas, las insatisfacciones, las frustraciones o la depresión de los padres, no son libres para ser felices. La ausencia de alegría caracterizará su vida cotidiana y no resultará raro que estos niños vivan enfermos o la vida no les interese. ¿Para qué vivir si no hay amor o alegría a su alrededor? Si queremos ayudar a nuestros hijos a vivir en la alegría, sólo tenemos que recuperar la nuestra y entonces compartirla al decirles: "¡Cuánto me alegra que seas mi hijo!", "Me siento feliz de ser tu mamá/papá", "Me encanta trabajar para ustedes", "Me alegra prepararles su comida". A veces, estamos demasiado absortos en nuestras rutinas y necesidades insatisfechas, el comportamiento de nuestros hijos nos desespera, queremos que se duerman de prisa, nos enojan sus demandas. Entonces, sería oportuno hacer un alto, respirar, observarlos y decirnos: "Tienen 4 y 6 años, - o los que sean-, crecerán y no volverán a esta edad. A disfrutarlos!".