Opinión

El derecho y la religión

SOCIEDAD Y DERECHO

Por  Juan Bautista Lizárraga Motta

El derecho y la religión han estado en continua interacción a lo largo de la historia.

Han sido dos universos de la existencia humana mutuamente superpuestos. El derecho es lo justo, la cosa justa y es también un poder o facultad inherente al sujeto para reclamar lo que es suyo.

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Como ley es la regla o principio directivo de la convivencia. En tanto que la religión es el vínculo de lo humano y lo sagrado que expresa una realidad objetiva, pero también subjetiva en cuanto dimensión constitutiva de la existencia, es decir, que hay en ella a su vez una naturaleza individual y otra social, en ambas hay una exigencia de justicia, y es en ellas donde se produce una mutua relación, así como en la concepción de lo justo.

Esto explica que el derecho haya tenido un fundamento religioso y que históricamente sea una expresión secular de la norma religiosa.

Desde el origen mismo del derecho como expresión divina, de acuerdo con la construcción filosófica clásica griega, pasando por la religiosidad romana, anterior a la imposición del cristianismo, hasta llegar a las diferentes religiones monoteístas (un solo Dios), siendo la católica la principal por el número de sus feligreses y su impacto en el desarrollo social del mundo occidental, el derecho ha sido una constante en los campos de lo sagrado y de lo humano.

En Occidente, el derecho, el poder y la religión aparecen intrínsecamente unidos, independizándose de forma progresiva.

De hecho, en otras civilizaciones el derecho sigue estrechamente vinculado con la identidad religiosa de un pueblo o de una nación, de forma que las normas o reglas jurídicas no son sino una dimensión más de la religiosidad.

Entre ambas realidades se han producido relaciones lógicas de dominación conceptual. En determinados momentos es la religión quien define o establece los fundamentos del orden jurídico, el papel histórico de las diversas religiones en el orden jurídico y político ha sido, precisamente, el de suministrar a los hombres las bases para un concepto de justicia.

De tal suerte que tenemos un derecho divino, como conjunto de factores que componen la justicia inherente al misterio de la Iglesia, a su esencia y misión, y en ese sentido, es la expresión científica de la dimensión de justicia eclesial.

En la religión católica este aspecto está representado por el derecho canónico o sagrado.

La teología moral católica ha utilizado el sintagma derecho divino para referirse a aquel conjunto de leyes y de normas que dependen exclusivamente de la voluntad de Dios, que se ha revelado a sí misma, en donde el mundo es de los justos. Se distingue, en esta perspectiva, el derecho divino natural o derecho natural, por una parte, que es la ley subscrita por Dios en el corazón del hombre y que se sintetiza en el principio de la tesis: “haz el bien y evita el mal”, y por la otra, el derecho divino positivo, básicamente sintetizado en las tablas de la ley o en los 10 mandamientos.

Durante mucho tiempo, lo que hoy conocemos como derecho eclesiástico fue entendido como el de la Iglesia (en referencia clara a la católica).

En el siglo XVI en la Alemania de Martín Lutero se produce un cambio en el concepto de derecho eclesiástico, que en los años de 1800 se materializa de manera importante, pasando de siempre haber sido el orden normativo de la Iglesia a incluir en este al del Estado.

En México el principal desprendimiento de la religión católica y del derecho como estructura estatal se dio en la presidencia de Plutarco Elías Calles, cuya política anticlerical tuvo como consecuencia las llamadas guerras cristeras y la segregación de los derechos patrimoniales y políticos de la Iglesia, que en la actualidad se han visto reivindicados.

Como siempre, un placer saludarlo, esperando que estas pocas letras hayan sido de su agrado y, sobre todo, de utilidad. ¡Hasta la próxima!

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