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El día de los cuatro Papas

GRAN ANGULAR

Dos mil años de poder terrenal de la Iglesia católica se dejaron sentir ayer en la ceremonia religiosa sin precedente donde dos Papas vivos, el emérito Beneditco XVI y Francisco, el que está en funciones, declararon santos a dos de sus antecesores: Juan XXIII y Juan Pablo II, en un ritual que atiborró la plaza de San Pedro y que atestiguaron presidentes, reyes y representantes diplomáticos y personales de 93 países.

Santo significa elegido, diferenciado o distinguido por Dios. De acuerdo con tal acepción se trata de hombres y/o mujeres que destacaron por las relaciones especiales que se les atribuyen con la divinidad, o por una vida de especial relevancia ética.

En la religión católica, la Iglesia proclama santos a quienes mostraron tales atributos, pero después de comprobar que hicieron al menos dos milagros. Ordena así a la feligresía su culto universal.

La fe, por supuesto, es la que lleva a un católico a aceptar y a adorar a un santo, aunque con o sin fe también es posible reconocer a aquellos hombres y mujeres a los que por su bondad y atributos éticos demostrados históricamente, se les reconoce calidad de santidad.

Al italiano lombardo Angelo Guissepe Roncalli, ahora san Juan XXIII, se le conoce como El Papa Bueno. Sus biógrafos destacan esa virtud en el periodo de su pontificado (1958-1963). Ese lapso tan corto no corresponde, por cierto, al tamaño de lo logrado en él: conducir la más reciente transformación a fondo de la Iglesia católica. Ese hombre bueno, al que el cáncer de estómago no le permitió hacer más, fue el gran impulsor del concilio Vaticano Segundo, que entre otras reformas que acercaron a la Iglesia con la gente, estuvo la de permitir que el culto se ejerciera en los diversos idiomas y no sólo en latín, como ocurría antes de aquel encuentro mundial de obispos y la curia romana. Ni en la vida ni en la obra de Roncalli hay algo que impida a creyentes y no creyentes reconocerle la condición de santo.

Al polaco de Cracovia Karol Wojtyla, ahora san Juan Pablo II, se le reconoce en su larguísimo pontificado de 27 años (1978-2005), la incansable voluntad de acercar a la gente con su Iglesia, de la que dieron testimonio sus múltiples viajes por el mundo, su visita a 129 países; y de poner a la familia en el centro de esa comunión.

Pero a esa visión y estilo, transformadores también de la Iglesia, contrapuso la rigidez que mantuvo respecto al dogma, lo que, contrariamente a lo pretendido, lo alejaba de su grey en temas cruciales como la anticoncepción, el divorcio o la homosexualidad.

Por si algo faltara, a esas posiciones irreductibles se sumó el escándalo de la pederastia de sacerdotes católicos que estalló en México con Marcial Maciel y la poderosa orden de los Legionarios de Cristo.

Encubrimiento de responsables es lo que se viene a la mente cuando se recuerda la manera complaciente con la que enfrentó el problema. Cuesta creer que Juan Pablo II, con su inteligencia y el poder que ejerció al frente de la Iglesia católica, no haya sabido de lo que ocurría con Maciel y otros delincuentes de alza cuellos blanco.

Wojtyla fue un hombre que supo ejercer el poder de la Iglesia, tanto que influyó de manera decisiva en la caída del socialismo soviético y en la modificación de la faz geopolítica del mundo. No se trata aquí de darle o no la razón histórica. Más bien se trata de destacar que fue un hombre de Estado, de poder y, por tanto, de lo que eso implica en términos de ética y santidad. Jesucristo lo advertía: hay que dar al César lo que del César y a Dios lo que es de Dios.

De ahí que la llegada a los altares de Juan Pablo II sea polémica: inaceptable para muchos pero bienvenida para muchos otros. Por eso los reiterados mensajes previos a la canonización en los que se pretendió desvincularlo de mil maneras de Maciel y los escándalos de pederastia. Mensajes que, a ojos de muchos, lo limpiaron; pero a ojos de muchos otros sólo lo evidenciaron.

Instantánea

CUMBRE

Mañana inicia en Mérida, Yucatán, la reunión cumbre de las Comunidades del Caribe (CARICOM). El gobernador Rolando Zapata será anfitrión del presidente Enrique Peña Nieto y de otros 25 jefes de Estado. Zapata está de plácemes porque su estado también será sede próximamente de la Asociación de Estados del Caribe (AEC).