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El ejercicio del Cabildo Abierto

POLITEIA

el ejercicio del Cabildo Abierto, escenificado esta semana, no es, en modo alguno, el descubrimiento del hilo negro o del agua tibia. Es más bien la puesta en escena de una modalidad democrática que permite una mayor vinculación entre los ciudadanos y su gobierno –que para eso son los gobiernos de cercanías–, en el marco de una pedagogía política que puede y debe contribuir a la formación de la ciudadanía.

No creo que a este tipo de ágora debamos pedirle más, pero tampoco menos. Si algo ha lastrado el desarrollo de nuestra vida democrática es el desapego de los ciudadanos con la política –creo que con fundadas razones— pero también el miedo, el temor y la desconfianza del ciudadano común y corriente de acercarse al gobierno –es que el poder impone, sabe, sobre todo cuando no se muestra en público.

Por eso, hay que saludar este ejercicio. No es la solución a los problemas de nuestra vida comunitaria, de nuestra vida asociada, pues no hay forma de resolver la sobreacumulación de demandas que se produce en el espacio local, pero sin duda estimula la participación de grupos sociales, de ciudadanos a título individual que encuentran una oportunidad de exigir solución a algunos de sus problemas pero también de ejercer la crítica sobre el desempeño de sus autoridades.

Es cierto que el esquema utilizado permite cierto refriteo de las funciones que corresponden al aparato público municipal, pero diría que no hay que ser amargosos en exceso. Andando se acomodan las calabazas, y esos aires burocráticos en la gestión de los asuntos públicos pueden ir siendo sustituidos por prácticas que permitan liberar capacidades individuales y colectivas todavía contenidas por esquemas paternalistas de control político clientelar.

Eso se vio ayer: ciudadanos que demandan, que exigen, que exhiben las carencias del gobierno, pero que también expresan su compromiso y disposición de trabajar juntos por el desarrollo de su comunidad. Ahí está un enorme potencial que las actuales autoridades municipales pueden explorar. Cerrar esa brecha entre gobernantes y gobernados, conseguir que los ciudadanos sientan suyo el espacio en el que cotidianamente hacen su experiencia de vida, es una tarea de la más alta prioridad.

Eso es justamente la politeia, la participación de los ciudadanos en los asuntos de su vida comunitaria, en los asuntos que le incumben. Si el gobierno es capaz de abrir en serio esas compuertas que hasta ahora han limitado la expresión de la voz ciudadana, habrá hecho un aporte importante al desarrollo de la vida democrática local.

Este ejercicio habría que complementarlo: así como el ciudadano va a la sede del poder local, toma la tribuna y hace sus propuestas, el propio gobierno, su presidente municipal, los regidores, la síndica procuradora y los funcionarios públicos, deberían salir a la calle, ir a los barrios y colonias, promoviendo, por ejemplo, jornadas de trabajo voluntario, en las que ellos podrían predicar con el ejemplo.

A lo mejor es mucho pedir, pero creo que por ahí deberían ir las cosas: recuperar el espacio público, reafirmar el sentido de identidad, el orgullo de pertenencia, fortalecer nuestra convivencia.

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