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El empobrecimiento de lo público

POLITEIA

Una de las paradojas de la construcción democrática es el empobrecimiento de lo público. Se suponía que después de décadas de confiscación de derechos y libertades individuales y colectivas, el proceso de transición a un nuevo orden traería consigo una expansión del espacio donde los ciudadanos, todos, hacemos nuestra vida comunitaria. Desafortunadamente no ha sido así. No hay firmes contrapesos a los excesos y arbitrariedades del poder; se carece de suficientes cuerpos intermedios y el escrutinio público sobre las instituciones deja mucho que desear.

En consecuencia, la calidad de nuestra deliberación pública, de reflexión colectiva, es mala. En realidad, no hay debate. Si acaso, irritación, enojo frente a decisiones del poder que no son explicadas, razonadas, argumentadas. Molestia frente a un ejercicio poco ético en la función pública, marcado por el discrecionalismo y el patrimonialismo de funcionarios, que les permite disponer de recursos que son de todos, como si fueran de propiedad personal. Ese es el signo de los tiempos.

Tenemos en nuestra vida colectiva lo que se puede llamar un déficit de ciudadanía, o una ciudadanía de baja intensidad. No de otra manera puede explicarse el espectáculo grotesco de alcaldías saqueadas, presuntamente ahora al borde de la quiebra técnica, luego de que una operación de salvamento instrumentada por el gobierno del estado a fines del año pasado, les permitiría cumplir con sus compromisos institucionales.

Pero no. Todo ocurrió al modo de la en su tiempo famosa piñata sandinista. Ahora que en el Congreso esos trapitos se exponen, no pocos de los beneficiarios adoptan una actitud soberbia, y se niegan a regresar esos recursos. Saben también que no solo no hay castigo ciudadano sino hasta premios por la corrupción, como lo demuestra el reciente caso del alcalde de San Blas, Nayarit, electo con poco más del 40 por ciento de los votos, después de haber confesado con todo cinismo que había robado del erario, "pero poquito".

Muchas de estas cosas no ocurrirían si el espacio de lo público fuese firme. Pero es evanescente, difuso, amorfo. No hay organizaciones de la sociedad civil que doten de contenidos reales a la democracia; la autonomía del ciudadano se agota en el individualismo exacerbado y la ciudadanía social sólo sigue siendo una aspiración en el propósito de afirmar una vida colectiva plena.

Nuestra transición, que arrancó hace unas tres décadas, no ha tenido como contrapartida una "ciudadanía (suficientemente) entrenada en la construcción del espacio público". Esta tarea, a la que deberían haber contribuido los partidos, seguirá formando parte de los temas pendientes de la agenda pública. Ni a quién irle: las candidaturas independientes, que estaban llamadas a ser escuelas de una nueva cultura política, libertaria, auténticamente ciudadana, empiezan a ser copadas por hampones, como el de San Blas, y el mal ejemplo cunde.

Esta es la calidad de nuestra democracia. La ausencia de contrapesos, el empobrecimiento de lo público: eso es lo que está detrás de muchos hechos impresentables que lastiman la vida pública. No puede seguir ocurriendo que de un día para otro desaparezcan motoconformadoras, se adquieran vehículos lujosos para disfrute de alcaldes, o que se paguen con recursos públicos nóminas completas de entidades privadas.

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