Opinión

El enemigo en casa

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Por: Gabriel Guerra

El Gobierno de Estados Unidos y muchos de sus ciudadanos están convencidos de que enfrentan a un brutal y despiadado enemigo, que no respeta las reglas más elementales de combate, y que es capaz de acciones que pondrían los pelos de punta a cualquier persona civilizada.

Tienen razón en preocuparse y tienen razón en describirlo así, pero se equivocan en algo fundamental: el enemigo más peligroso para Estados Unidos no se llama ISIS, ni Al Qaeda, ni Hamás, ni es ningún otro de los que agrupan al fundamentalismo islámico. Ciertamente los grupos radicales que usan el terrorismo como su principal herramienta son una amenaza para los intereses de Estados Unidos y sus aliados alrededor del mundo, y cada vez más también en el mismo territorio norteamericano. Son salvajes, inmisericordes, pero en el largo plazo hay algo peor, algo que corroe desde adentro, como un tumor que crece día con día.

La disparidad racial y las tensiones que esta provoca han sido desde siempre un gran reto para gobierno y sociedad del país más poderoso del mundo. No lo resolvieron una guerra civil y un movimiento épico para restaurar los derechos civiles de una población ignorada, maltratada y discriminada históricamente. Tampoco los esfuerzos legislativos y regulatorios que han buscado revertir los efectos perniciosos de la discriminación, o dar pleno acceso a derechos que la ley establece pero la práctica no siempre cumple, como en el caso del acceso al voto, que tuvo que ser reafirmado muchas veces, sólo para estar nuevamente bajo ataque jurídico en pleno 2014.

Esa desigualdad intrínseca es negada o minimizada por muchos, dentro y fuera de Estados Unidos. Cada quien tiene sus argumentos, pero como en tantas otras cosas que tienen que ver con racismo, exclusión o marginación, todo depende literalmente del color del cristal con que se mire.

Las cifras ahí están y son duras, mas no son incontrovertibles. Hay muchas maneras de medir la desigualdad y todo depende no sólo de la metodología sino también de la interpretación de los resultados.

Usando información del respetado Pew Research Center, encontramos que la brecha de escolaridad entre blancos y negros se ha cerrado de manera significativa. Lo mismo podemos decir acerca de la expectativa de vida o de longevidad. Sin embargo, persiste una diferencia.

En el caso de la participación electoral el cambio para bien ha sido aún más marcado, seguramente debido a la candidatura de Barack Obama, que motivó a muchos más afroamericanos a votar.

Pero hay otros rubros en los que no sólo no hay mejoría, sino que por el contrario, señalan un aumento en la desigualdad. Es el caso del ingreso medio por hogar. De acuerdo a Pew, de 1970 a 2011 la diferencia en el ingreso promedio anual entre blancos y negros casi se ha duplicado, de 15 mil 500 a 27 mil dólares anuales menos para estos últimos. Y si hablamos de pobreza, vemos que la proporción de negros viviendo por debajo de la línea de pobreza es tres veces mayor a la de los blancos.

El incidente de Ferguson ha puesto en evidencia el sentir de la comunidad afro americana, que desconfía de la policía y de las instituciones de justicia. Dos terceras partes de los negros encuestados recientemente (Pew) creen que ha sido excesiva la respuesta de la policía ante los disturbios tras el incidente en el que un joven desarmado murió de seis balazos. Solamente una tercera parte de los blancos encuestados piensa lo mismo.

No es casualidad. La brecha real y la de las percepciones siguen creciendo, y con ellas la desconfianza, el rencor y los prejuicios. Mientras no se atiendan sus causas, la de Estados Unidos seguirá siendo una sociedad dividida.

Ese es el peor enemigo, el que está en casa y que muchos se niegan a ver.