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Opinión

El error al hacer click

A DOS DE TRES

Por: Marisa Pineda

¿Le ha ocurrido que se aplica a realizar un trabajo en la computadora, lo termina, lo guarda y cuando va a consultarlo no está? ¡Puf! Todo lo que escribió se esfumó, no aparece.

Se angustia, se enoja, dependiendo del tiempo invertido en elaborarlo puede que hasta suelte el llanto. Se calma, le habla bonito a la máquina: “anda, vamos, rescátalo, aquí debe de estar”. Nada, la máquina es indolente ante su desespero. Se molesta otra vez, le recuerda su cibernética progenitora al aparato. Hasta que no le queda de otra que aceptar la verdad: de todo lo que anotó solo quedó el nombre que le puso al documento. El resto es una pantalla en blanco. Eso me ocurrió la semana pasada, cuando luego de teclear y salvar A dos de tres resultó que el archivo quedó en blanco. Vacío. Nada. Lo malo de la experiencia es que quedé mal con Melissa, mi editora, quien me tiene paciencia infinita; quedé mal con usted, que me hace el honor de acudir a este espacio que es como nuestra banca de plazuela, en donde nos reunimos para echar la platicada. Lo bueno del asunto, es que dio tema para hoy. Antes de las computadoras, los trabajos se sacaban en máquina de escribir. Sus pros: no era indispensable la energía eléctrica para utilizarlas y no había que buscar impresora, una hoja, una cinta y ya. Sus contras: que al corregir el borrador rompiera la hoja (por borrador me refiero a esos mitad azul, mitad rosa, en los que siempre había un lado que cuando no manchaba, destrozaba el papel); que ya terminado el trabajo alguien poco cuidadoso lo utilizara de posavasos y aquellas hojas, producto de horas de aplicación, terminaran adornadas con residuos de café o manchas por las cuales se adivinaba cuál había sido el menú. Entonces como ahora, prevalece el riesgo de que en un descuido el trabajo se lo comiera el perro. No han sido pocos quienes, alguna ocasión han tenido que empezar con la frase “no me lo va a creer, pero….”. Luego, la tecnología nos ofreció a las computadoras que hicieron aquella tarea más fácil. Con un clic se borra, con otro las letras se acomodan en los renglones sin necesidad de separar las palabras. Adiós a los tachones. Pero la dicha no es eterna y esas máquinas carecen de piedad a la hora de mostrar su lado rudo. Levante la mano quien cuando en la pantalla apareció “¿Desea salvar el documento?” dio clic a “no” y allá va el tiempo invertido. Que se manifieste aquel predigital que no haya recurrido al puberto de la casa para que le ayude a recuperar un documento suplicando “¡Ay! mijo, tú que le entiendes bien a eso”; pero por más que el chamaco le entienda bien a eso, el dictamen es “no, el archivo está vacío. Son cosas que pasan. El otro día....”. y en ese punto empieza a luchar para que el desencanto no se convierta en lágrimas, porque “son cosas que pasan”. Pues por esas cosas que pasan estas líneas no aparecieron la semana anterior. El documento ahí estaba, pero el texto se esfumó. Y ahí la dejo porque me acuerdo y… Que tenga una semana imborrable.