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El futuro de la izquierda

En la celebración del 25 aniversario del PRD, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas dijo, entre otras cosas, que los objetivos con los que nació ese partido se hallan hoy más lejos que entonces.

El divisionismo interno ha sido siempre una parte estructural del partido, pero probablemente hoy es mayor que nunca y eso mismo se dejó sentir en la ceremonia. Aunque el PRD tiene una plataforma aprobada por mayoría en sus diferentes convenciones, en realidad en el partido conviven visiones muy distintas de lo que habría que hacer desde el gobierno y, sobre todo, cómo llegar a él. Conviven las estrategias democrático-electorales con las movilizaciones en las calles y plazas como forma no sólo de presión, sino eventualmente de acceso al poder. También hay diferencias permanentes sobre qué hacer desde la oposición; empujar la propia agenda en lo posible, negociando con el partido gobernante y otras fuerzas políticas con las que haya ciertas coincidencias, o distinguirse como un partido opositor a ultranza. Unos y otros se descalifican de tibios y colaboracionistas, o radicales, respectivamente. Así, al oír a distintos dirigentes y notables del partido (empezando por el dirigente nacional frente al secretario general) pareciera que se está oyendo a miembros de partidos no sólo distintos, sino contrapuestos.

Pero los logros del PRD como partido de izquierda son muchos; nunca antes las izquierdas habían conseguido superar su papel de partidos testimoniales, y bajo las siglas del sol azteca se han ganado múltiples e importantes plazas legislativas y ejecutivas. Ha sido opción real de gobierno, si bien han perdido las oportunidades de acceder al poder por errores que difícilmente quiere reconocer. La autocrítica es algo que falta a la izquierda mexicana, por lo que es imposible corregir el rumbo y enmendar errores (si bien debe reconocerse el ejercicio de autocrítica que realizó el partido la semana previa a su aniversario, con voces críticas a la izquierda). La mayor parte de sus fracasos son atribuidos a irregularidades y trampas de los demás, del gobierno, los árbitros electorales, los partidos rivales, los medios de comunicación. Sin desconocer que eso ocurre en alguna medida, no suele ser la explicación central de sus derrotas. Por ejemplo, mientras su discurso central (o el de sus candidatos) siga dirigido a sus votantes duros, difícilmente lograrán congregar el suficiente voto independiente que exige propuestas y estrategias moderadas e institucionales. Es algo que no termina por zanjar el partido o parte de él.

Se ha dicho que con la salida de Andrés Manuel López Obrador y la fundación de Morena como partido distinto, se podrán delinear con claridad las diferentes posiciones, terminar con la esquizofrenia discursiva y estratégica. Puede ser, pero eso aún no ocurre, pues buena parte de la corriente obradorista continúa en el PRD. Y quizá con el registro terminen en el nuevo partido, pero eso mismo, aunque imprima claridad en las posiciones de uno y otro partidos, debilitará como tal a la izquierda. La ruptura de Morena va en sentido contrario al movimiento que se inició en 1976, y eso se dejará ver, por lo pronto, en los comicios de 2015 donde PRD y Morena serán rivales en disputa por la hegemonía dentro de la izquierda. Su votación se dividirá quitando fuerza a lo que ha sido hasta ahora el PRD, incluso de obtener una votación superior a la de Morena (lo cual está por verse). Y si se considera que en comicios intermedios los votantes independientes (que en buena parte votan por el PRD), tienden a abstenerse en mayor medida, pues entonces los números del sol azteca podrían ser realmente bajos. Y falta por ver si su contienda interna no deriva en nuevas rupturas, como lo advirtió Cárdenas. La ausencia de Marcelo Ebrard en la ceremonia quizá preconiza su salida. Sí hay motivos para estar preocupados.

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