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El hombre mediocre de siempre

POLIARQUÍA

José Ingenieros fue, entre otras muchas cosas, médico, sociólogo, escritor y académico. De origen ítalo-argentino escribió un ensayo polémico y brillante: "El hombre mediocre", publicado por primera vez en Madrid en 1913. La editorial colombiana Panamericana, publicó una versión hace algunos años a propósito del 70 aniversario de su muerte.

Su tesis afirma que el hombre mediocre es incapaz de usar su imaginación para transformar su realidad. El hombre mediocre no habla, repite. Rescato y les comparto ideas y frases de este libro que bien pudiera haberse escrito ayer, por su actualidad en la vida social.

Los temperamentos idealistas. Sin ideales sería inconcebible el progreso. El culto del "hombre práctico", limitado a las consecuencias del presente, importa un renunciamiento a toda imperfección. El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los imaginativos espera la ciencia sus hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus ejemplos, la historia sus páginas luminosas.

Los jóvenes. Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la sana e iluminada, la que mira al frente y no a la espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por las supersticiones del pasado…Sólo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir.

El idealismo. Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser cálido su idioma, como si se desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin calor es muerto, frío, carece de estilo, no tiene firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes.

La mediocridad. Las canas visibles corresponden a otras más graves que no vemos: el cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga la llama y protege a la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.

La popularidad. La popularidad o la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la gloria. Son sus formas espurias y subalternas, extensas pero no profundas, esplendorosas pero fugases. Son más que el simple éxito, accesible al común de los mortales; pero son menos que la gloria, exclusivamente reservados a los hombres superiores. Son oropel, piedra falsa, luz de artificio.

La vanidad y el orgullo. El hombre es. La sombra parece. El vanidoso sigue comparándose con los que le rodean, envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y encienden su entusiasmo.

La envidia. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma sicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón de un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal.

Más sobre la envidia. El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad.

[email protected] twitter: @guadalupe2003