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El horror al pecado

LA VOZ DEL PAPA

1) Para saber. Con el don de Temor de Dios, concluyó el Papa Francisco los siete dones del Espíritu Santo que estuvo desarrollando. Este don no significa tener miedo de Dios, pues sabemos bien que es un Padre, que nos ama y quiere nuestra salvación. El temor de Dios nos recuerda que somos muy pequeños delante a Dios y de su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, respeto y confianza en sus manos. Al sentirnos pequeños, pondremos todas nuestras preocupaciones y expectativas en Dios, y nos sentiremos envueltos, alegres y sostenidos por su calor y su protección, ¡como un niño con su papá!

2) Para pensar. Si hemos leído alguna biografía de una persona que vivió santamente, llama la atención que, siendo personas con muchas virtudes, se consideran que no tienen nada. Santa Catalina de Siena decía de sí misma, que era nada y, en cambio, que Dios lo es todo. Algo semejante decía de sí mismo, San Josemaría Escrivá, y aunque sentía la grandeza de ser hijo de Dios, solía repetir sinceramente: "no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada!" (El Fundador del Opus Dei, Vázquez de Prada, p.383). No mentían. Sucede que tenían el don de Temor de Dios; eran muy conscientes de la grandeza de Dios y de su "nada". Cualquier cosa buena que tenían, no la consideraban como propia, sino como un regalo de Dios. Así, sabiendo que toda gracia y fuerza está en el Señor, este don nos lleva a no soltarnos de su mano amorosa y a tener horror al pecado. Pensemos con que valentía luchamos para rechazar las tentaciones o que horror sentimos hacia cualquier tipo de pecado. Si es poca, significa que nos falta este don y habrá que pedirlo.

3) Para vivir. Además, este don es una 'alarma' ante el pecado. Cuando una persona está en el mal, vive para el dinero o la vanidad, entonces el don le avisa: "Así no serás feliz". Sí percibimos que una situación, una mala amistad, un programa de televisión, etc., nos alejan de él, lo lógico será apartarnos de aquello. Basta, pues, con desconfiar prudentemente de nosotros y confiar más en Dios.

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